CARPE DIEM



Dentro de veinte años, lamentarás más las cosas que no hiciste, que las que sí hiciste. Así que, suelta amarras y abandona el puerto seguro. Atrapa los vientos en tus velas. Explora. Sueña. Descubre.


domingo, septiembre 25, 2011

LA CASA DE LOS CARACOLES




Bajo un cielo, a menudo lloroso, un pueblo de piedra sobrevive. Pespunteado a este pueblo, un parque verde sobrevuela mis pensamientos, y justo, entre el parque y el pueblo, al final de un cigarro apagado vive un hombre, y al final de este hombre unas manos que hablan sobre una hoja de papel. Papel que está acostado sobre una mesa de granito, que se apoya sobre un lindo jardín, jardín que se despereza justo debajo de una pared de hortensias blancas. Este vergel  está cosido a una casa de piedra, que se resbala de un techo de pizarra. Todos, el techo de pizarra, la casa, el muro de hortensias, el jardín, la mesa, el papel, el cigarro y el hombre, se estiran, y existen, bajo las nubes asturianas. En este oasis del parque del Revolgo, un topo revoltoso, y una legión de caracoles, regentan las tardes de dos niños que viven bajo dos leales cabelleras rubias, y que corretean por un camino resbaladizo, por el que decrece el día, beneficiando la izada de la luna cantábrica. La umbría reparte frescor y silencio, silencio que pende del esbozo de la sonrisa más larga de la familia, sonrisa que hace pan en una tahona regalada. Y todos, el pan, la tahona, la sonrisa, el silencio, el frescor,  las dos caballeras rubias, el cigarro, ya encendido, y el hombre, comparten luna.

( A Sergio Crespo, buen conocedor de las bondades norteñas )

domingo, septiembre 11, 2011

HAY MILES DE CARMONAS

(Foto de María de Gracia Carrera)











Para los egipcios, el cielo era un plano sólido que se apoyaba por medio de cuatro puntales sobre otras tantas montañas. Para los hindúes, la Tierra se sostenía sobre los lomos de cuatro elefantes enormes, situados sobre el dorso de una tortuga.
¿Y Carmona? ¿Qué, o quién, aguanta o sustenta, a esta ciudad?
Si aparcamos su historia, y su patrimonio histórico artístico (aparcamos del verbo aparcar, que no aludo al olvido, desagradecido término); y si la desnudamos (del verbo quitarle los manoseados y chauvinistas adjetivos, que durante siglos la han disfrazado), puede que nos encontremos una Carmona distinta a la que vendemos en los congresos, en los panfletos, y en otros espejos de feria, que, tantas veces, distorsionan el verdadero rostro, la esencia, y el alma de lo ofertado.
Carmona, se posa desigual, sobre sus arrugas pétreas y milenarias. Y es, en estos pliegues, sedimentados y erosionados siglo tras siglo, donde subyacen los auténticos pilares de la ciudad, sus contradicciones. Carmona es arrogante y estirada, como una mocita requerida, y áspera, como una desamada. Carmona es voluble y caprichosa, como una donna antojadiza, que, no pocas veces, elige las propuestas foráneas, desestimando la de sus propios hijos.
La topografía del pensamiento y sentir de los carmonenses es compleja. Puede que no sea más que la adaptación a la geografía en la que se desenvuelve: la estrechez de sus calles, las cuestas, las bajadas, la llanura de la vega y la encrestada orografía de su casco antiguo, hace que el vecino esté en una continua contradicción física, que propicia que, el carmonense, se adapte al medio para sobrevivir, y piense, y actúe, según le convenga, atendiendo al relieve de las circunstancias.
Carmona, por más que lo anhele, no sólo es su Alcázar y su Puerta de Sevilla, ni la Puerta de Córdoba, ni sus museos, ni sus casas palacios, ni sus conventos e iglesias, ni siquiera esos cacareados cinco mil años de historia, que se echa a las espaldas como un mercachifle, para exhibirlos por conferencias, mítines y congresos. Todo eso no es más que una porción de la urbe, pero no sigamos identificando el todo por la parte.
No, Carmona no es un perenne recuerdo, ni una insana nostalgia, ni una llovizna de murria. Carmona son casi treinta mil corazones pensantes, que cada día, se levantan con una sonrisa, con un problema que resolver, o con un proyecto por escalar.

Muchos de estos carmonenses no tienen tiempo de extasiarse ante una puesta de sol desde el Parador, porque son demasiadas las lunas que testifican sus desvelos, por no tener un puesto de trabajo. A esta Carmona no le quitan el sueño los fenicios, los romanos ni la Tumba del Elefante.
Necesitan, primero, poder pagar su hipoteca, el recibo de la luz y el del agua. Luego, ya vendrán los embelesamientos, las contemplaciones y los poemas con versos de piedras.
Aún así, y a pesar de las obvias prioridades, Carmona ondea su altanería, y elige vestir de domingo, aunque sea lunes. Nos puede el empaque.

Desde Santiago a San Francisco y desde la Plaza de San Fernando a la Alameda, el modus vivendi se va permutando con el pavimentado. Así, los carmonenses, van acomodando su pisada, a la piedra o al asfalto, al adoquín o al albero, sin perder de vista, en ningún momento, que, todos miramos el auténtico, y suave, suelo de nuestro pueblo, su cielo. Ese, en el que las campanas comparten rumores, alrededor de una mesa camilla con forma de nube. Ese al que, los creyentes, elevan sus súplicas cada novena.
Ese cielo, que, cuando ríe sol, milagrea la Vega y torna semillas en el sustento de nuestras vidas.
No hay una Carmona, hay tantas como almas, y tantas como días.

Cada vez que la luna enciende su sonrisa allá arriba, la memoria empieza su paseo, aquí abajo. En las azoteas, en los balcones y bajo las sábanas, Carmona hace balance de la jornada. Los más pequeños repasan sus logros, las regañinas y los proyectos por cumplir. Nosotros, los que nos autodenominamos adultos, contabilizamos la vida de forma más aburrida: números, desencuentros, envidias…tonterías. También hay quién propone, que la mejor liberalización posible, sería liberar una hora nuestra para ofrecérsela a nuestro pueblo a cambio de nada.
Carmona, como toda alma que respire, no es lo que quiere, sino lo que puede, o quizás, lo que la dejamos ser.

( A mi padre )

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