CARPE DIEM



Dentro de veinte años, lamentarás más las cosas que no hiciste, que las que sí hiciste. Así que, suelta amarras y abandona el puerto seguro. Atrapa los vientos en tus velas. Explora. Sueña. Descubre.


lunes, septiembre 30, 2019

El jardín de Epicuro



Pasadas las vísperas del sábado, a eso de las siete, cogí mis provisiones de alcohol y tiré sonriente para Umbrete. Yo pensé más que hablé durante el camino, y en la introspección me reencontré con estas palabras de Paul Auster en “El cuaderno rojo” :

  -“Cuando pensaba en la amistad, sobre todo en cómo unas amistades duran y otras no, me acuerdo de que, desde que tengo carnet de conducir, sólo se me han pinchado las ruedas del coche cuatro veces, y las cuatro veces me acompañaba la misma persona (en tres países distintos, y en un periodo de ocho o nueve años)
 J. , un amigo del colegio, era el que me escoltaba.

  Salí del ensimismamiento con una contradicción porque me planté en Umbrete sin ponerme en un brete. Así fue como aterrizamos, mi compañera y yo, en la voluntad de mi amigo J. Éramos nueve a la mesa, bueno diez con Faustino, bueno once, porque M. hacía por dos. Fue una reunión sin ánimo de lucro, rara avis. No sé si fue la cerveza Coronita, o la generosa copa de Spritz, el cóctel de moda en Italia, o la genialidad de S., o el impresionante intelecto de M., no sé…es que no sé, cual de aquellas circunstancias, o quizás fueron todas, las que me trasladaron a mi primer pinchazo, y allí estaba J. 


Seguimos bebiendo risas, muchas risas, tantas que el domingo asomaba ya su hocico y husmeaba en las copas vacías el final de la velada. Entonces recordé la segunda vez que pinché, y de otra vez estaba J. allí, para colocar el gato y subir el ánimo hasta poder cambiar el tropiezo.
 Un breve jardín vertical, un platanero, unas hortensias, un olivo enfadado por falto de ordeño, y buena música, fueron el único atrezo, el resto, la conversación agradable y las risas, surgieron porque la materia prima era inmejorable.

Postdata: De sobra sé J. que tienes mejor coche que yo, lo sé, aún así si
                alguna vez pincharas, por favor, acuérdate de contar conmigo.

                                                                                                           Manolo Martínez

domingo, septiembre 22, 2019

BUSCANDO EL FUTURO


Cuando los recortes recaen sobre los pilares intocables de cualquier sociedad moderna, sanidad y educación, estamos mermando nuestro futuro, y el de nuestros hijos no digamos.
La lógica, la razón, la coherencia, la cordura...todo lleva al único consenso viable: hay que ser mesurado. Pero nunca disminuyendo el número de universidades, de profesores, de alumnos, de facultativos, y por supuesto, lo que hasta ahora no podemos es decidir el número de pacientes, por desgracia esto no se decide en ningún consejo de ministros. Salud y educación son las semillas para una sociedad libre, justa y sana, si limitamos sus asignaciones, volveremos a las cuevas, ideológicamente, y quién sabe si más adelante, físicamente.
Manolo Martínez

SUERTE, MAESTROS


En la sala de profesores tocan clarines. El miedo disimulado y los machos bien atados.   Reliados en su capote de paseo los maestros se persignan, se miran entre ellos y se desean, con una mano abierta al cielo, suerte, maestros.
 Septiembre. Comienza una nueva temporada. En la barrera del 7, esperan exigentes       (para eso pagan), las asociaciones de padres. En el tendido de sol, sudando la gota gorda, los sufridos padres. Y en el redondel de la clase, ese cada vez más encastado toro negro zahíno, bragao y astifino que es la educación.
  Toreros, gladiadores del siglo XXI, los maestros han sido desprendidos de toda autoridad disciplinar. Mil y un tentáculos sociales le aprisionan sin dejarle respirar. Y hemos pasado del  don  Juan  al  juanillo.  De la letra con sangre entra a “…es que el maestro la tiene tomada con él “.
 El niño demanda un punto de referencia. Necesita de un maestro respetado, no de un amigote. El maestro es el maestro. No le liemos los esquemas a las mentes infantes. La  sociedad precisa de su madre nutricia, doña educación. Es la que amamanta a ese ejército de pequeños dictadores de entre 4 y 15 años.
 Nuestros hijos tienen su cuarto repleto de juguetes y vídeos, y sus mochilas llenas de derechos sin obligaciones. No podemos toserle a un mocoso de 6 años. Ni padres ni maestros son referentes ni pilares. Se invirtieron los papeles. Ellos mandan, la rebelión de la granja.
No estamos educando, estamos creando un mundo de irresponsables, consentidos, llenos de privilegios. Les hemos robado las ilusiones, la imprescindible lucha por conseguir metas. Todo se lo damos hecho a cambio de un beso.
  No es ese el camino. Por su felicidad, metamos también en sus mochilas, responsabilidades y obligaciones, y sobre todo, un bocadillo diario de RESPETO A  LOS  EDUCADORES.  La  educación es el mayor de los cortijos que podemos dejar a nuestros hijos. Arrimemos el hombro, respetemos nosotros primero a los maestros. Ya va siendo hora, crezcamos (por  dentro)                                               
                                                                                            Manolo   Martínez

domingo, septiembre 15, 2019

Vendo cámaras de vigilancia antiguas



Las cámaras de vigilancia han existido siempre, puede que su formato fuese distinto, pero su función básica: recolectar, almacenar y reproducir información, eso, lo hacían ya nuestras abuelas cuando, asomadas a su balcón abrían sus radares de par en par. No utilizaban teclados, ni ratones, para acceder a la información y navegar por ella. Su labia, y su cháchara, eran los dispositivos, inalámbricos, que le facilitaban el acceso, a cualquier noticia o chisme. Todo lo que respiraba, y pasase, a menos de diez metros de sus solios, debía hacer una paradita, para, “descargarle” las novedades, a las guardianas del bien, quienes propiciaban, aquellos encuentros informativos, y confidenciales, con éste santo y seña:
 - Buenas noches, fulanito, ¿cómo estás? Oye, ¿y tu padre?, hace tiempo que no lo veo, anda que no hemos jugado nada tu padre y yo… 
Captada la presa, se procedía a la extracción de todos los pormenores posibles.
Que si cuántos años tenía, en qué trabajaba, que si se casó, que si tenía niños, que dónde iba ahora…copiar y pegar, copiar y pegar, en su insaciable disco duro. Una vez exprimido el sujeto en cuestión, se le dejaba ir.
 - Ea…pues vaya usted con Dios…hasta otro ratito. Buenas noches. 
           A partir de ahí, cualquier internauta (vecino, amigo, conocido o desconocido), daba la contraseña de acceso : - Buenas noches, ¿cómo estamos?, y tenían acceso inmediato a todos los informes, mensajes, y datos recopilados. Como aún no existía el cd, nuestras abuelas utilizaban su propio formato, el rumor, muy barato por cierto, porque se podían regrabar cuántas veces se quisiera, y volvía a estrenarse. En cuánto a las herramientas de tratamiento de textos, las tenían todas. Si querían darle importancia a la comunicación que iban a dar, en vez de negrillas, ó subrayado, bajaban la voz hasta el susurro, e introducían el mensaje, con la misma coletilla siempre: 
- Mira, no se lo vayas a decir a nadie, por lo que más quieras, te lo digo a ti porque eres tú… no te has enterado de que…
            Normalmente, la mayoría de las veces, la noticia era una barriga (que es como se le llamaba a los embarazos fuera del matrimonio). Entonces, el usuario, ó interlocutor, en vez de pulsar INTRO, para confirmar, exclamaba un: -¡No me digas….anda ya, mujé…¡
          Terminado el proceso, la consulta telemática, se procedía a la desconexión. Nada de darle cien veces a escape, para abandonar la sesión, símplemente las abuelas abandonaban el balcón y echaban la persiana, recitando su santo y seña:
          - Me voy pá dentro, que estoy baldá de las piernas.

Escrito por Manolo Martínez

jueves, septiembre 12, 2019

Mi rincón


Ayer tarde coincidía con una persona en que, al final de cada día ,son las cosas más sencillas las que acaban llenándote la vida. Lo más simple es lo esencial para sentirte bien cuando te abrazas a la almohada cada noche. Sólo hace unas cuántas horas en que este trozo de pared ha pasado a ser mi rincón favorito de mi casa. Son plumillas y acuarelas que acostumbro a comprar en cada viaje que realizo, y que mi familia ha sacado del olvido para darles un lugar privilegiado. Ahora,cuando me siento al final del día, tengo frente a mi a Santiago de Compostela, Oviedo, Santillana del Mar, Cudillero...el norte de España en un metro cuadrado. Revivo en cada sentada, la brisa fresca del Cantábrico, el colorido de las hortensias, el verde, y sobre todo, la perspectiva que da viajar, como la forma más sensata de observar la vida.



domingo, septiembre 01, 2019

A la memoria de Valentín Rueda Macías


Valentín se asomaba a la vida desde lo alto de la escalera. Era valiente y no tenía el vértigo que tenemos los cobardes. Valentín desenfundaba sus palabras con la rapidez y acierto que John Wayne desenfunda su revólver. Disparaba con los ojos cerrados, como los grandes, como toreaba Belmonte, arrimándose. Luego, con la certeza de que  no había matado a "naide", soplaba el cañón de su bolígrafo como Wayne soplaba el humo que salía de su revolver tras el disparo, y enfundaba. Tiraba a dar, y daba. Disparaba balas llenas de reflexiones. Miraba, apuntaba, y te hería entre las cejas, dónde habitan los pensamientos. La segunda bala la dejaba siempre para el corazón, ahí vestía la sangre del blanco y negro de sus recuerdos. Valentín decía lo que pensaba, y esto que parece una perogrullada, le diferenciaba del resto, los que nos sometemos a diario a los cobardes: "y si pierdo el trabajo", "y se enfada por lo que digo", "y si..." A Valentín le importaba un carajo todos los "y si...". Era valiente, tan valiente como el que más. No se ponía más caretas que las de su amado Carnaval le prestaba.

  Me faltó tomarme una cerveza contigo, Valentín, me la perdí, y sobre todo me perdí  escucharte. Valentín y yo nos criamos en el mismo barrio, en la calle, San Francisco, pero los mínimos  años que nos separaban y el no compartir colegio, hicieron que no coincidiésemos jugando a la lima, o a piola, o pegando balonazos en medio de la calle.  Al final han sido las benditas redes sociales las que me hicieron descubrir a mi vecino de infancia. Y me encontré con un tío importante, de los que dejan huella, no en la hipocresía de los del taco, ni en los discursos vacuos de la gente que se da importancia porque vacilan honores que le cayeron de ese cielo tan injusto de las casualidades.



Valentín era más grande que todos juntos porque era un tío libre, y hoy, tal y como está el patio, no hay mayor hombrada que ser libre cuando hablas y cuando actúas. Me faltó tomarme una cerveza contigo, y me duele Valentín, de verdad te lo digo, porque tu discurso retrataba tu pensares y tus pesares. Eras honesto y autosuficiente, otro bien que escasea hoy. Lo mismo fabricabas jabón que ponías un puchero. Hablabas de la igualdad, de los derechos, de lo que te salía de los cojones, y eso te hizo más necesario de lo que tú nunca percibiste. Me faltó esa cerveza contigo, Valentín, en  La Cuadra, La Viuda o Pinante, allí donde te buscaban a ti las musas. Todos hemos perdido esa cerveza contigo, incluso tus enemigos, si es que los tenías. Tú creaste tu universo en lo inmediato, como la gente importante: tus amigos de toda la vida, tu barrio de siempre, tu trabajo en el Teatro Cerezo, tus nostalgias llenas de humor.

Recibe este sincero testimonio, y las gracias, de uno que te admiró, Manolo Martínez.

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