Y no sé el porqué de esta afición. Puede que algo tenga que ver don Andrés, un cura que tuve de profesor en mis años en los Salesianos, o quizás sea por Carmen, una maravillosa pamplonesa que conocí cuando era madre superiora en el Convento de las Descalzas de Carmona, o a lo mejor han sido mis tertulias con Sergio y Antonio, curas de San Antón y San Pedro, o simplemente que uno conoce un poco el alma de los lugareños oyendo lo mismo que ellos escuchan cuando acuden a sus iglesias a desahogarse, pedir, o simplemente buscar un poco de silencio en sus vidas.
Aún huelo la humedad de la Catedral de Oviedo vigilada por La Regenta, y recuerdo mi desconcierto cuando en la Colegiata de Santillana del Mar oí misa en latín ¿quién se enteró aparte del párroco?
En “La Manquita”, la Catedral de Málaga, escuché misa dentro del coro, dónde los feligreses se disponían, como en tiempos de pandemia, en filas bien separadas, y con un silencio más propio de los cartujos que de los boquerones.
…y en Madrid, en la Catedral de la Almudena, tuve la suerte de escuchar a un gran orador, de los que te digan lo que te digan, te los crees.
Hace unos días estuve en Cádiz y me alojé en un apartamento de la Calle Ancha, la misma que vemos en la fotografía abarrotada de gente, en uno de cuyos extremos está la Parroquia de la Conversión de San Pablo, a la que entré una desabrida mañana de navidad dispuesto a ver qué me decía aquel de Cádiz.
Y vaya si nos dijo.
No dio misa, habló con los que estábamos allí presentes, compartiendo recuerdos de parroquianos ya ausentes que acostumbraban a acercarse, las Nochebuenas, con carne mechá y gambas para acompañar al párroco esas noches.
Pero lo que me tocó por dentro fue la explicación que dio del árbol genealógico de Jesús:
“… Abraham fue el padre de Isaac; Isaac, padre de Jacob; Jacob, padre de Judá y de sus hermanos; Judá, padre de Fares y de Zera, cuya madre fue Tamar; Fares, padre de Jezrón; Jezrón, padre de Aram; Aram, padre de Aminadab…”;
Porque dejó caer que en aquella genealogía había de todo, como en todas: trabajadores, reyes, inmigrantes, gente buena y gente regular, y aquella forma de traducir lo divino a humano nos cautivó porque aquel cura se "mojó", no pasó de puntillas que hubiese sido lo cómodo.
Luego, en las rogativas, pidió que cada uno hiciéramos una. Hasta yo pedí algo.
Entré en aquella iglesia con las manos frías buscando el abrigo de los bolsillos, y al salir, las saqué templadas por el calor de las palabras de aquel cura caditano que habló como hablan los compadres, y que me hizo pensar, apesardé.
Manolo Martínez
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