No tengo licencia, ni caña de pescar, ni siquiera una lombriz que ensartar en el anzuelo para que le haga la danza del vientre al primer pez calenturiento que pique sin más.
No tengo nada de lo que hay que tener para faenar, pero tampoco sabía leer, ni escribir, ni conducir, ni comer espaguetis sólo con el tenedor, y ahora no hay quién me gane reliándolos, sobre todo si van vestidos de bolognesa.
Sólo necesito silencio. Silencio compartido. Te doy mi palabra de no pronunciar palabra mientras hundimos en el agua, junto al anzuelo, nuestro corazón, a ver si pica alguno de nuestros deseos.
Eres de quién más he aprendido en mi vida porque, todo lo que me has enseñado, lo has hecho sin decirme nada.
La vida, como la pesca, es cuestión de paciencia, y te prometo que, si eliges bien el río, y recoges el carrete a su tiempo, no antes, empezarás a sacar peces, que curiosamente, a menudo, sin ser los que buscabas, son los que te harán feliz, porque, como dijo un poeta japonés:
“Se me quemó el granero, y ahora puedo ver la luna”.
Fotografía: Ángel Martínez Carrera
Texto: Manolo Martínez

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