CARPE DIEM



Dentro de veinte años, lamentarás más las cosas que no hiciste, que las que sí hiciste. Así que, suelta amarras y abandona el puerto seguro. Atrapa los vientos en tus velas. Explora. Sueña. Descubre.


domingo, agosto 30, 2026

EL ARTE DE ENVEJECER

Me levanto de la cama como un robot, a empujones, con movimientos más torpes que lentos. Toso primero y suspiro después. Me enderezo con una mano sujetando la cadera y la otra alisando los tres pelos que me quedan. Me desplazo pisándome el pijama y me miro el ombligo lleno de pelos, ¡que asco por Dios!, me fustigo. 

¿Era esto la vejez? ¡Con lo que nos ha costao llegar hasta aquí! 

Y pienso lo que todos pensáis. Estoy vivo. Vivito y coleando. Bueno…vivito, que ya es mucho. 

En menos que canta un gallo me tuneo como puedo, y me planto en la Casa del Libro de la Calle Velázquez, mi bálsamo de Fierabrás. 

Subo y bajo las cuatro plantas mientras ojeo y hojeo: 

“Alto en proteína”, “La energía que somos”, “El poder del tupper”, “Psiconutrición”, “Taichi”, “Ejercicios para mantenerte joven”…ojú, que pechá, que agotador esto de intentar parar el reloj.  

Allí está. Lo encontré. Como todo lo bueno, breve. Estaba allí ninguneado al final de la última tabla de la última estantería. Lo cojo, lo abro al azar, y va y me dice el nota, el Cicerón de los cojones: 

“Hay que resistir a la vejez, queridos Lelio y Escipión. Para ello hay que hacer ejercicio con moderación, comer y beber lo justo para saciar los apetitos del cuerpo”. 

Pero bueno, ¿tú también Cicerón? Es lo mismo que me dijo el médico hace un mes. 

Le dí otra oportunidad a aquel pequeño libro “El arte de envejecer”, de Cicerón, y lo abrí por segunda vez al azar, a ver si de chamba me decía algo distinto a lo obvio, y entonces leí: 

“Morir vamos a morir todos. Sin duda morir no es agradable, pero al menos es breve, sobre todo en el caso de los ancianos. Una vez muertos nos aguarda, o bien la vida eterna o bien la nada” 

¡Ostia Cicerón!, yo esperaba de ti otra cosa, me cago en tus mulas toas. Vaya consuelo, vaya como me has dejao el cuerpo. 

Cerré el libro, lo dejé en su sitio y anduve hasta Nervión. Entré en el Restaurante La Tagliatella, saludé a Rubén y pedí una Piadina regada con aceite picante, un Lomo Cosenza y vino de la casa. Me quedó claro que Cicerón no pisó en su vida una Tagliatella.

Manolo Martínez

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