El día
de Nochebuena comíamos en familia, como estaba mandado, y luego, los que
pasábamos de los quince años, teníamos permiso para salir a dar una vuelta con
los amigos. La primera parada siempre era en casa de Manolo.
Allí nos
recibía su madre con la botella lila de “Licor d`amour” en la mano. No estaba
malo, ni tampoco bueno. Aquella botella era como los biberones mágicos de las
muñecas, por mucho que bebiéramos de ella, al año siguiente la botella seguía
igual, medio vacía/medio llena.
La madre de
Manolo, como todas las madres, nos despedía con un "tené cuidaíto" en cuya entonación irónica incluía todos
los cuidaítos que había que tener en aquellas edades:
“Cuidaíto con la bebida”,
“Cuidaíto con el tabaco” y “Muuuucho cuidaíto con las niñas”.
En este último
“cuidaíto” cabían innumerables vigilancias que no sería elegante enumerar
aquí.
Con el "Licor
d´amour" en la barriga, y los cuidaítos dando vueltas en la cabeza, aparcábamos
nuestros cuerpos en la barra improvisada de un solar techado que nos había
prestado el padre de uno para el guateque navideño.
Allí
edificamos, con tabiques de plástico negro, la casa de navidad. Un plástico
separaba la barra de la pista de baile, y otro componía una salita de estar con
un sofá y mucha oscuridad, salita en la que nos escondíamos para darnos besos y
arrumacos.
Cuando
"volvías" a la fiesta, desde el sofá, llevabas la felicidad reflejada
en la cara.
Entretanto,
ellas recomponían sus despelusadas caballeras y tú te "atacabas",
remetiéndote la camisa por dentro del pantalón, mientras pensabas:
“¡Vaya con el Licor d´amour de Carmela!”
Aquello sí que
eran navidades.
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1 comentario:
Esas Navidades son inolvidables, esos rinconcitos oscuros te hacían ver luces de colores .
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