CARPE DIEM



Dentro de veinte años, lamentarás más las cosas que no hiciste, que las que sí hiciste. Así que, suelta amarras y abandona el puerto seguro. Atrapa los vientos en tus velas. Explora. Sueña. Descubre.


martes, marzo 22, 2011

PONER UN TENDEDERO

                                                                         Desde la construcción de las pirámides hasta la conquista del espacio, muchas son las gestas que el hombre ha consumado en su vasta historia, pero ninguna congrega, a partes iguales, conocimiento, técnica, estética y amor, como el noble, y glorioso acto, de poner bien un tendedero. Desde la búsqueda del momento meteorológico que propicie la intención secadora, hasta la homogénea disposición de las prendas, atendiendo a su color y composición, pasando por la apropiada elección del espacio exacto, por donde sellar cada vestimenta al alambre, tender la ropa se convierte en un canto a la vida. Hacemos el paseíllo, por el patio o azotea, con la cesta preñada de ropa mojada. Nos paramos, alzamos la vista al cielo, y, tras aplicarle, a los elementos que visualizamos, y sentimos: viento, nubes y sol, toda la información recogida en los dos últimos telediarios, en décimas de segundo, tomamos la decisión irreversible: hoy tiendo, seguro que no llueve. Sin solución de continuidad, posamos el barreño sobre el suelo y nos llenamos las manos, la boca, y los bolsillos, de alfileres, o pinzas de la ropa, y comenzamos unos sincronizados ahorameagacho-ahoramelevanto, en cada uno de los cuales, elegimos prenda, la alzamos a la cuerda, la estiramos y la amordazamos. La norma prescribe que la ropa interior siempre va en la misma tanda, y dentro de ese petit comité, calzoncillos y bragas, se emparejan en el tendedero, se miran, se hacen un guiño, y sonríen; anoche compartieron juerga, tras unos días de huelga. Qué sinvergüenzas. Los calcetines, como las mujeres al baño, nunca van solos, y suelen compartir la mordedura de plástico. Las camisas, colgadas con los cuellos hacia abajo, vomitan el agua con sabor a suavizante, bebida de más. Y seguimos, desenrollando, desdoblando, y tendiendo, a la par que canturreamos la última de Drexler, y miramos, de reojo, la mínima porción que nos va quedando de cuerda plastificada, para distribuir la docena y media de prendas que aún viven en la cesta. Abandonamos la dulzura versada de Drexler, por el heavy metal en forma de tacos: la madre que me parió, la ostia…, ¿y ahora, cómo cuelgo yo todo esto en ese cachito? En un segundo perdemos los papeles, la compostura, y los alfileres se derraman de nuestra boca escupiendo palabrotas. Los jerseys abrazan a los paños de cocina, y las pinzas ya no buscan las costuras, muerden por el medio, caiga donde caiga. El pijama se sube encima de las sábanas, a golpe de misionero, y con la mala leche le plantamos el alfiler en los hue…con lo bonito que estaba quedando, y lo que hace metro y medio menos de cable.

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