Nos gusta asomarnos a la vida de los
demás, imaginarnos sus historias para reinventar las nuestras. El alma
curiosea, necesita otras ventanas por las que espiar el mundo sin que el mundo
nos vea.
Y no es tanto que nuestros paisajes nos disgusten, como la necesidad
de medirnos, de oler el mar en otras ciudades, a sabiendas de que es la misma
mar. Pero nos fascina observar el escaparate, ver todo lo que hay, podamos
comprarlo o no, quizás eso sea lo de menos.
Lo que nos "pone" es pararnos a mirar, echar un
vistazo al piso de al lado, lo que Hitchcock bordó en "La ventana indiscreta. ¿A que sí?
Manolo Martínez
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