Por más que corriésemos nunca llegábamos antes que la voz de nuestras madres:
—¡No te vayas muy lejos que voy a echar los fideos!
Pero antes de que los fideos llegaran al caldo ya habíamos chutado tres veces a puerta con nuestros zapatos Gorila.
No fue gol por poco. Porque Andresito era más largo que un día sin pan y despejó con la punta de los dedos.
La calle olía a chicharrones recién hechos en la carnicería de Pepe, y, de la tabernilla de Aroca, se escapaba el aroma al adobo que freía María.
Con cada coche reculábamos, y luego, mirábamos a los dos lados de la calle antes de poner el balón en el cielo de una patada.
El día que rompí el cristal de la vecina, antes de que el balón llegara al cielo, me sentí como los cerdos que iban al matadero atados de una pata.
Para cuando mi madre me buscaba desde el balcón gritando mi nombre, yo ya estaba acostado, con los zapatos puestos y los fideos temblando en la barriga.
—¡Yo no he sido mami. Te lo juro! Pero si llevo un rato acostao.
Manolo Martínez
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