Me levanto de la cama como un robot, a empujones, con movimientos más torpes que lentos. Toso primero y suspiro después. Me enderezo con una mano sujetando la cadera y la otra alisando los tres pelos que me quedan. Me desplazo pisándome el pijama y me miro el ombligo lleno de pelos, ¡que asco por Dios!, me fustigo.
¿Era esto la vejez? ¡Con lo que nos ha costao llegar hasta aquí!
Y pienso lo que todos pensáis. Estoy vivo. Vivito y coleando. Bueno…vivito, que ya es mucho.
En menos que canta un gallo me tuneo como puedo, y me planto en la Casa del Libro de la Calle Velázquez, mi bálsamo de Fierabrás.
Subo y bajo las cuatro plantas mientras ojeo y hojeo:
“Alto en proteína”, “La energía que somos”, “El poder del tupper”, “Psiconutrición”, “Taichi”, “Ejercicios para mantenerte joven”…ojú, que pechá, que agotador esto de intentar parar el reloj.
Allí está. Lo encontré. Como todo lo bueno, breve. Estaba allí ninguneado al final de la última tabla de la última estantería. Lo cojo, lo abro al azar, y va y me dice el nota, el Cicerón de los cojones:
“Hay que resistir a la vejez, queridos Lelio y Escipión. Para ello hay que hacer ejercicio con moderación, comer y beber lo justo para saciar los apetitos del cuerpo”.
Pero bueno, ¿tú también Cicerón? Es lo mismo que me dijo el médico hace un mes.
¡Ostia Cicerón!, yo esperaba de ti otra cosa. Me cago en tus mulas toas. Vaya consuelo.
Cerré el libro, lo dejé en su sitio y anduve hasta Nervión. Entré en el Restaurante La Tagliatella, saludé a Rubén y pedí una Piadina regada con aceite picante, un Lomo Cosenza y vino de la casa, y lo único que me quedó claro de to este lío es que Cicerón no había pisado en su vida una Tagliatella.
Manolo Martínez
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