Todas las mañanas,
antes de entrar a clase, rezábamos, repitiendo como loros fervorosos, cada
frase de la plegaria del señor director.
Allí arriba, al final de una escalinata de mármol,
don Aquilino era Dios. Su voz nos llegaba con profunda claridad hasta los
últimos de la fila. No es que Dios — don Aquilino —, tuviese una voz
portentosa, más bien la tenía aflautada, pero la asociación de padres — los pelotas de don Aquilino —, le habían regalado un megáfono.
Prodigioso invento,
salvo que alguna que otra vez, justo cuando el director iba terminando el
mantra cristiano con el ” ...mas libranos del mal...”, aquel artefacto soltaba un pitido infernal que nos impedía entender el
final de la oración.
De inmediato desaparecía
el chiflido y escuchábamos con claridad:
“...esta mierda...será de las pilas...amén”, frase que nosotros repetíamos fervorósamente: “ ...esta mierda...será de las pilas...“, como punto final de la oración, entre
risitas contenidas.
A primera hora siempre
teníamos lenguaje, y a última Educación Física. Entre ambas un infierno. Tantos
teólogos intentando explicar tratados
ininteligibles sobre la eternidad y yo la había descubierto en tan corto
espacio de tiempo. La eternidad era, con toda seguridad, el intervalo de horas
que transcurrían desde la clase de Lenguaje hasta la clase de Educación Física.
A punto estuve de comunicarle mi descubrimiento a
don Aquilino, pero, ¡qué cojones¡, con
lo que me había costado dilucidar aquel dogma, y se lo iba yo a ofrecer gratis
¡...já…! …Sigue la semana que viene
Manolo Martínez
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