LA PORTA DE MANOLO MARTINEZ
CARPE DIEM
Dentro de veinte años, lamentarás más las cosas que no hiciste, que las que sí hiciste. Así que, suelta amarras y abandona el puerto seguro. Atrapa los vientos en tus velas. Explora. Sueña. Descubre.
domingo, septiembre 13, 2026
sábado, septiembre 12, 2026
EL ARTE DE ENVEJECER
Me levanto de la cama como un robot, a empujones, con movimientos más torpes que lentos. Toso primero y suspiro después. Me enderezo con una mano sujetando la cadera y la otra alisando los tres pelos que me quedan. Me desplazo pisándome el pijama y me miro el ombligo lleno de pelos, ¡que asco por Dios!, me fustigo.
¿Era esto la vejez? ¡Con lo que nos ha costao llegar hasta aquí!
Y pienso lo que todos pensáis. Estoy vivo. Vivito y coleando. Bueno…vivito, que ya es mucho.
En menos que canta un gallo me tuneo como puedo, y me planto en la Casa del Libro de la Calle Velázquez, mi bálsamo de Fierabrás.
Subo y bajo las cuatro plantas mientras ojeo y hojeo:
“Alto en proteína”, “La energía que somos”, “El poder del tupper”, “Psiconutrición”, “Taichi”, “Ejercicios para mantenerte joven”…ojú, que pechá, que agotador esto de intentar parar el reloj.
Allí está. Lo encontré. Como todo lo bueno, breve. Estaba allí ninguneado al final de la última tabla de la última estantería. Lo cojo, lo abro al azar, y va y me dice el nota, el Cicerón de los cojones:
“Hay que resistir a la vejez, queridos Lelio y Escipión. Para ello hay que hacer ejercicio con moderación, comer y beber lo justo para saciar los apetitos del cuerpo”.
Pero bueno, ¿tú también Cicerón? Es lo mismo que me dijo el médico hace un mes.
Le dí otra oportunidad a aquel pequeño libro “El arte de envejecer”, de Cicerón, y lo abrí por segunda vez al azar, a ver si de chamba me decía algo distinto a lo obvio, y entonces leí:
“Morir vamos a morir todos. Sin duda morir no es agradable, pero al menos es breve, sobre todo en el caso de los ancianos. Una vez muertos nos aguarda, o bien la vida eterna o bien la nada”
¡Ostia Cicerón!, yo esperaba de ti otra cosa. Me cago en tus mulas toas. Vaya consuelo, vaya como me has dejao el cuerpo.
Cerré el libro, lo dejé en su sitio y anduve hasta Nervión. Entré en el Restaurante La Tagliatella, saludé a Rubén y pedí una Piadina regada con aceite picante, un Lomo Cosenza y vino de la casa, y lo único que me quedó claro de to este lío es que Cicerón no pisó en su vida una Tagliatella. Agur.
Manolo Martínez
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lunes, septiembre 07, 2026
LA NOVENA
Con las últimas calores abre la boca septiembre para comer algodón dulce en la Plaza de Arriba, mientras Carmona sube a santiguarse, rezarle y cantarle durante nueve días, y nueve noches, a su Virgen de Gracia.
Lo hace en Santa María, porque hay lugares que están cosidos a nosotros como los hijos a las madres.
Santa María es uno de ellos porque allí decidieron nuestros padres bautizarnos, nosotros elegimos casarnos y, por último, enterrar a los nuestros.
De cuando en cuando, la vida toma derroteros que nos hace preguntarnos esto, aquello o lo de más allá, y la respuesta no está en el aire, como cantaba Bob Dylan, está en el silencio, en el recogimiento, en la soledad que necesitamos para callarnos si queremos escucharnos.
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sábado, septiembre 05, 2026
GRACIA
Mientras septiembre pone de patitas
en la calle al verano, los carmonenses, nos sacamos los miedos del corazón
convirtiéndolos en peticiones que bajan hasta la ermita, a pie, a caballo, o en
carrozas adornadas con flores de papel, el primer domingo del noveno mes.
Manolo Martínez
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sábado, agosto 29, 2026
MERCARANA
Después de mirarnos de arriba abajo, y tantear quién había perdido más pelo y ganado más barriga, lo primero que me dijo Andrés fue:
— Macho, Manu, ¡qué bien le ha ido al Rana!
— ¿Al Rana? —le pregunté yo sin saber de qué hablaba—
— Sí hombre, Antonio…, el rana, aquel que nos vendía los ducados de uno en uno, y las cuñas de chocolate de dos en dos en aquella tabernilla dónde nos escondíamos cuando no íbamos a clases de latín con la “Puella”.
No tuvo que darme más detalles para intuir por dónde iba mi amigo, quién, al pasar junto al Instituto Maese Rodrigo comprobó, desconcertado, que en el mismo lugar que antes estaba el Ventorrillo del Rana hoy se erguía un Mercadona.
No, Andrés, ese Mercadona no es de Antonio, ojalá, pero, ¿sabes?, deseando estoy que lo abran para pasearme por sus pasillos, cerrar los ojos y coger aire y recordar, porque estoy seguro de que El Rana sigue por allí, al lado de los cereales integrales, dando consejos a los muchachos sobre a qué chavala arrimarse, o sentado encima de uno de los mostradores asomándose al exterior, echado sobre un codo como acostumbraba a hacer.
Entre los cachivaches del alma, aquellas conversaciones haciendo ceritos de humo con el cigarro, y la más fea de la clase que se restregaba como un gato al primero que la mirase, mientras los demás nos secábamos la boca con la manga tras el primer buche de cerveza, antes de escupir una risa al ver la cara del asediado.
Manolo Martínez
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sábado, agosto 22, 2026
TABERNÍCOLAS
Cada vez que viajo a mi infancia los recuerdos saltan en mi cabeza con las ganas de un niño de cinco años.
Se abren de par en par aquellas tabernas oliendo a calamares fritos, adobo, vino embarrilado y el humo de los celtas sin boquilla.
Cada uno de esos olores va de la mano de una imagen: la oreja con tiza del tabernero, las dos palmadas que daba mi padre para avisar al camarero, y una minifalda con piernas que vaciaba las barras para llenar las puertas de las tabernas.
La banda sonora de aquellos bares se mecía entre los quejíos de Antonio Mairena y los gorgoritos de Pepe Marchena, o Valderrama, que durante toda la jornada salían de una radio con dos dedos de pringue procedente de la sempiterna columna de humo que se escapaba de la cocina.
El Mesón de la Reja era una de aquellas tabernas, hoy reconvertida en templo de los rollitos de primavera, pero antaño centro neurálgico de la vida agroganadera de Carmona.
Allí, los correores, (los primeros brookers), quedaban a diario y hacían dinero con las alzas y bajas de la arroba de los cochinos, del kilo de ternera o de la fanega de tierra.
En aquel mesón surgían los tratos, que eran operaciones firmadas con un apretón de manos, y en las que el dinero (que hoy destinamos a los notarios) entonces se empleaba para pagar las manzanillas y los riñones al jerez, que como nadie guisaba la mujer de Manolo, y con los que se rubricaban aquellos contratos sin papeles.
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viernes, agosto 21, 2026
LA PAPOCHA
A eso de las cinco de la tarde, cuando llegaba del colegio, mi madre me esperaba en la cocina. Siempre estaba en la cocina. Es como si viviera en ella. Como si la cocina fuera su casa dentro de nuestra propia casa.
Cuando me veía entrar ya tenía cortada por la mitad la pieza de pan, y mientras yo me sentaba en el sofá y encendía la tele, la miraba de reojo viendo como sacaba a pellizcos el migajón, dejándole la barriga hueca al medio bollo.
Luego, cogía la aceitera y vertía con esmero el zumo de aceituna sobre la oquedad formando un pequeño laguito color oro viejo en el fondo del bendito pan. Con tres dedos, mi madre viajaba desde el azucarero hasta el hueco del pan que sostenía con la otra mano.
Los tres dedos daban
vueltas sobre el agujero del pan como nubes, descargando una lluvia de
azúcar sobre la balsa de aceite.
Por último, tapaba el aceite, el azúcar y el agujero con el mismo migajón que antes le había quitado, empaparruchándolo con los dos alimentos.
Aún conservo en la
boca de mi memoria aquel sabor simple pero único.
Debajo de aquel migajón, aún viven mis días de niño, y en ellos, empaparruchados de azúcar y aceite, están los libros recién forrados en septiembre, dos bolas de cristal y una de barro, un flequillo cuadrado, las películas de miedo del domingo por la noche y la sirena voceando que empezaba el recreo.
Manolo Martínez

















