Manolo Martínez
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Dentro de veinte años, lamentarás más las cosas que no hiciste, que las que sí hiciste. Así que, suelta amarras y abandona el puerto seguro. Atrapa los vientos en tus velas. Explora. Sueña. Descubre.
Manolo Martínez
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Con las últimas calores abre la boca septiembre para comer algodón dulce en la Plaza de Arriba, mientras Carmona sube a santiguarse, rezarle y cantarle durante nueve días, y nueve noches, a su Virgen de Gracia.
Lo hace en Santa María, porque hay lugares que están cosidos a nosotros como los hijos a las madres.
Santa María es uno de ellos porque allí decidieron nuestros padres bautizarnos, nosotros elegimos casarnos y, por último, enterrar a los nuestros.
De cuando en cuando, la vida toma derroteros que nos hace preguntarnos esto, aquello o lo de más allá, y la respuesta no está en el aire, como cantaba Bob Dylan, está en el silencio, en el recogimiento, en la soledad que necesitamos para callarnos si queremos escucharnos.
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Mientras septiembre pone de patitas
en la calle al verano, los carmonenses, nos sacamos los miedos del corazón
convirtiéndolos en peticiones que bajan hasta la ermita, a pie, a caballo, o en
carrozas adornadas con flores de papel, el primer domingo del noveno mes.
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Después de mirarnos de arriba abajo, y tantear quién había perdido más pelo y ganado más barriga, lo primero que me dijo Andrés fue:
— Macho, Manu, ¡qué bien le ha ido al Rana!
— ¿Al Rana? —le pregunté yo sin saber de qué hablaba—
— Sí hombre, Antonio…, el rana, aquel que nos vendía los ducados de uno en uno, y las cuñas de chocolate de dos en dos en aquella tabernilla dónde nos escondíamos cuando no íbamos a clases de latín con la “Puella”.
No tuvo que darme más detalles para intuir por dónde iba mi amigo, quién, al pasar junto al Instituto Maese Rodrigo comprobó, desconcertado, que en el mismo lugar que antes estaba el Ventorrillo del Rana hoy se erguía un Mercadona.
No, Andrés, ese Mercadona no es de Antonio, ojalá, pero, ¿sabes?, deseando estoy que lo abran para pasearme por sus pasillos, cerrar los ojos y coger aire y recordar, porque estoy seguro de que El Rana sigue por allí, al lado de los cereales integrales, dando consejos a los muchachos sobre a qué chavala arrimarse, o sentado encima de uno de los mostradores asomándose al exterior, echado sobre un codo como acostumbraba a hacer.
Entre los cachivaches del alma, aquellas conversaciones haciendo ceritos de humo con el cigarro, y la más fea de la clase que se restregaba como un gato al primero que la mirase, mientras los demás nos secábamos la boca con la manga tras el primer buche de cerveza, antes de escupir una risa al ver la cara del asediado.
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Cada vez que viajo a mi infancia los recuerdos saltan en mi cabeza con las ganas de un niño de cinco años.
Se abren de par en par aquellas tabernas oliendo a calamares fritos, adobo, vino embarrilado y el humo de los celtas sin boquilla.
Cada uno de esos olores va de la mano de una imagen: la oreja con tiza del tabernero, las dos palmadas que daba mi padre para avisar al camarero, y una minifalda con piernas que vaciaba las barras para llenar las puertas de las tabernas.
La banda sonora de aquellos bares se mecía entre los quejíos de Antonio Mairena y los gorgoritos de Pepe Marchena, o Valderrama, que durante toda la jornada salían de una radio con dos dedos de pringue procedente de la sempiterna columna de humo que se escapaba de la cocina.
El Mesón de la Reja era una de aquellas tabernas, hoy reconvertida en templo de los rollitos de primavera, pero antaño centro neurálgico de la vida agroganadera de Carmona.
Allí, los correores, (los primeros brookers), quedaban a diario y hacían dinero con las alzas y bajas de la arroba de los cochinos, del kilo de ternera o de la fanega de tierra.
En aquel mesón surgían los tratos, que eran operaciones firmadas con un apretón de manos, y en las que el dinero (que hoy destinamos a los notarios) entonces se empleaba para pagar las manzanillas y los riñones al jerez, que como nadie guisaba la mujer de Manolo, y con los que se rubricaban aquellos contratos sin papeles.
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A eso de las cinco de la tarde, cuando llegaba del colegio, mi madre me esperaba en la cocina. Siempre estaba en la cocina. Es como si viviera en ella. Como si la cocina fuera su casa dentro de nuestra propia casa.
Cuando me veía entrar ya tenía cortada por la mitad la pieza de pan, y mientras yo me sentaba en el sofá y encendía la tele, la miraba de reojo viendo como sacaba a pellizcos el migajón, dejándole la barriga hueca al medio bollo.
Luego, cogía la aceitera y vertía con esmero el zumo de aceituna sobre la oquedad formando un pequeño laguito color oro viejo en el fondo del bendito pan. Con tres dedos, mi madre viajaba desde el azucarero hasta el hueco del pan que sostenía con la otra mano.
Los tres dedos daban
vueltas sobre el agujero del pan como nubes, descargando una lluvia de
azúcar sobre la balsa de aceite.
Por último, tapaba el aceite, el azúcar y el agujero con el mismo migajón que antes le había quitado, empaparruchándolo con los dos alimentos.
Aún conservo en la
boca de mi memoria aquel sabor simple pero único.
Debajo de aquel migajón, aún viven mis días de niño, y en ellos, empaparruchados de azúcar y aceite, están los libros recién forrados en septiembre, dos bolas de cristal y una de barro, un flequillo cuadrado, las películas de miedo del domingo por la noche y la sirena voceando que empezaba el recreo.
Manolo Martínez