LA PORTA DE MANOLO MARTINEZ
CARPE DIEM
Dentro de veinte años, lamentarás más las cosas que no hiciste, que las que sí hiciste. Así que, suelta amarras y abandona el puerto seguro. Atrapa los vientos en tus velas. Explora. Sueña. Descubre.
sábado, agosto 22, 2026
La cabaña de Ángel
TABERNÍCOLAS
Cada vez que viajo a mi infancia los recuerdos saltan en mi cabeza con las ganas de un niño de cinco años.
Se abren de par en par aquellas tabernas oliendo a calamares fritos, adobo, vino embarrilado y el humo de los celtas sin boquilla.
Cada uno de esos olores va de la mano de una imagen: la oreja con tiza del tabernero, las dos palmadas que daba mi padre para avisar al camarero, y una minifalda con piernas que vaciaba las barras para llenar las puertas de las tabernas.
La banda sonora de aquellos bares se mecía entre los quejíos de Antonio Mairena y los gorgoritos de Pepe Marchena, o Valderrama, que durante toda la jornada salían de una radio con dos dedos de pringue procedente de la sempiterna columna de humo que se escapaba de la cocina.
El Mesón de la Reja era una de aquellas tabernas, hoy reconvertida en templo de los rollitos de primavera, pero antaño centro neurálgico de la vida agroganadera de Carmona.
Allí, los correores, (los primeros brookers), quedaban a diario y hacían dinero con las alzas y bajas de la arroba de los cochinos, del kilo de ternera o de la fanega de tierra.
En aquel mesón surgían los tratos, que eran operaciones firmadas con un apretón de manos, y en las que el dinero (que hoy destinamos a los notarios) entonces se empleaba para pagar las manzanillas y los riñones al jerez, que como nadie guisaba la mujer de Manolo, y con los que se rubricaban aquellos contratos sin papeles.
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viernes, agosto 21, 2026
LA PAPOCHA
A eso de las cinco de la tarde, cuando llegaba del colegio, mi madre me esperaba en la cocina. Siempre estaba en la cocina. Es como si viviera en ella. Como si la cocina fuera su casa dentro de nuestra propia casa.
Cuando me veía entrar ya tenía cortada por la mitad la pieza de pan, y mientras yo me sentaba en el sofá y encendía la tele, la miraba de reojo viendo como sacaba a pellizcos el migajón, dejándole la barriga hueca al medio bollo.
Luego, cogía la aceitera y vertía con esmero el zumo de aceituna sobre la oquedad formando un pequeño laguito color oro viejo en el fondo del bendito pan. Con tres dedos, mi madre viajaba desde el azucarero hasta el hueco del pan que sostenía con la otra mano.
Los tres dedos daban
vueltas sobre el agujero del pan como nubes, descargando una lluvia de
azúcar sobre la balsa de aceite.
Por último, tapaba el aceite, el azúcar y el agujero con el mismo migajón que antes le había quitado, empaparruchándolo con los dos alimentos.
Aún conservo en la
boca de mi memoria aquel sabor simple pero único.
Debajo de aquel migajón, aún viven mis días de niño, y en ellos, empaparruchados de azúcar y aceite, están los libros recién forrados en septiembre, dos bolas de cristal y una de barro, un flequillo cuadrado, las películas de miedo del domingo por la noche y la sirena voceando que empezaba el recreo.
Manolo Martínez
domingo, agosto 16, 2026
Los mejores años (9ª tertulia de COMER, BEBER Y HABLAR)
Dicen los nostálgicos que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero yo no comparto esa afirmación. No hay mejor tiempo que el presente. El presente es el único que nos permite recordar el pasado, ilusionarnos con el futuro y, sobre todo, vivir el ahora. No es nostalgia recordar el hígado con tomate del Bar Goya, el huevo a la bechamel de Gamero, las baladas de Los Pecos, los bailes lentos en las noches de verano de La Gloria, o los calcetines blancos para pasear por la Alameda. El recuerdo es la magia de devolver al presente todo aquello que nos llenaba la adolescencia. Escuchar a los Bee Gees mientras te tomabas el último cubata en el Flodi de los hermanos Tarra, o hacer equilibrios en las sillas del bar La Herradura para tomarte una jarra de cerveza con chochitos o pescada frita. Buscar en la memoria es un lujo y un culto a la vida, es decir a voces: ¡que nos quiten lo bailao! Gracias a todos los profesores de la noche de una juventud sana. Gracias a Juan el del Mesa, a Juan y Pérez, de la Gloria, a Miguel, el del Loro, a Aguilar del Cuervo, a los hermanos Troncoso, a Luís, el Alcaldito de la Peña Sevillista, a Gamero, a Pura la que vendía cigarros More al lado de Paco Vago, al Tomatera que nos vendía fortunas sueltos al lado del Resbalón, y por encima de todo, gracias a todos los amig@s que en aquellos años no tenían más cojones que escucharnos por que aún no se había inventado el wassap, nilos móviles, ni los mp3, todavía tenían, a Dios gracias, sólo orejas para escuchar a los camaradas.
Gracias a Juan Sánchez, Manolo Pérez que nos llevaron a LA GLORIA en nuestra juventud, y a Juan del Mesa que nos aguantaba todos los días, y a Miguel Millán del Loro que nos alegraba las noches y a Luis de la Peña Sevillista, un amigo.
Un honor tener a amigos como Jose María Jiménez (Matute) en la tertulia. Espero que se haga tertuliano fijo, como Antonio Rivero. Espero lo mismo de Mari Carmen, su mujer, un encanto de persona.
Los postres fueron casi mejor que la tertulia.
sábado, agosto 15, 2026
LA CHICHARRA
Toda la vida de Dios un bicho del campo, la chicharra, nos ha “cantao” la caló que vajacé.
Que no venga ahora interné cargándose el pegote prediciéndonos los grados que vamos a sufrir el 30 de agosto a las cinco de la tarde. ¡mucha caló!, mira que los cojones. Andaqué…
Y es que no hay nada más exacto que el deseo carnal, porque, cuando la chicharra canta hasta reventá, pasando ya de los treinta grados, lo que realmente hace es atraer a las hembras y marcar territorio, lo mismo que hacían Alfredo Landa, Manolo Escobar o Pajares y Esteso, llamar la atención, decir “chiquilla aquí estoy yo”, “Tómame o déjame” como cantaba Mocedades.
A esos cantes, con los que estos animalitos nos anuncian que nos vamos a achicharrar, los científicos, en su empeño por bautizar a las cosas del mundo con nombres raros, les llaman estridulación.
Así que si quieren “callar” al más sobrado del tercio cuando saca su iPhone de última generación para detallaros los grados exactos que tendremos en Nochebuena, díganles sin rubor alguno:
— Según las últimas estridulaciones de mi chicharra un grado menos de
lo que dice tu telefonito...
...y santas pascuas.
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jueves, agosto 13, 2026
EL CUADRO TORCIDO
Hace unos años, cuando yo entré en una curva sin señalizar de mi vida, mi mejor amiga me invitó a cenar en su casa.
Nada más entrar en su apartamento me llamó la atención un enorme cuadro que presidía la subida de la escalera, no por el lienzo per se, sino porque estaba mal colgado.
Estaba de lado, de tal manera que, para averiguar lo que allí había dibujado, tenías que torcer la cabeza, como un perrillo cuando quiere dar pena.
Cuando le pregunté por qué lo había colgado así, me dijo que aquel grabado le
encantaba, pero no cabía en el testero en su posición correcta, así que lo puso
en vertical. Tenía claro que lo importante era disfrutar de la escena.
Ese cuadro está hoy en mi casa. Se lo pedí a mi amiga y me lo regaló.
Está mal colgado, torcido, y no es que no tenga sitio en mi pared, que lo tengo, pero perdería su alma, porque lo que veo, cada vez que lo miro, incluso antes que el cuadro, es la conversación que mantuve sobre los torcimientos de los días y sobre la importancia de adaptarse a las circunstancias, a los tiempos y a la pared que tengamos para colgar los deseos, aunque no se cumplan.
Es curioso, aquella amiga comparte hoy su vida conmigo, y a los dos nos gusta mirar, en silencio, el cuadro torcido.
Manolo Martínez
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miércoles, agosto 12, 2026
LA CARMONA de NUESTROS PADRES, SERÁ LA CARMONA de NUESTROS HIJOS
Al contemplar ese momento, uno se siente orgulloso de haber nacido entre este puñado de rocas que se van ordenando, según la necesidad, en calles por las que pasear, plazas para sentarse a pensar, o iglesias en las que rezar.
Los dedos de la ciudad, sus torres, descorren los visillos del cielo cuando suenan sus campanas: tlan, tlan, tlan.., mientras las nubes enrojecen sus mofletes de algodón anunciando la noche.
Entonces, uno se llena los pulmones de Carmona cuando la respira con los ojos, a sabiendas de que nuestros hijos seguirán viéndola cuando nosotros no estemos, igual que ahora la disfrutamos quienes la habitamos, como ya hicieron aquellos que nos dejaron.
Texto de Manolo Martínez
Fotografía de Antonio Gavira Ramírez
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domingo, agosto 09, 2026
LA ZANAHORIA
La primera cerveza caía en cualquier peña, bética o sevillista, porque en ellas nos cundía más el poco dinero que manejábamos entonces.
Luego ahuecábamos las manos y encendíamos un ducado, tras frotar la cerilla con la caja. Chupetón del diez y a echar humo como el Carmonilla.
— Psss…Psss…allí vienen ya —nos avisaba siempre Pepillo, que era el más…eso —
Lo único que nos quedaba para rematar bien la noche era bailar medioquè el rocanrol delante de aquellas niñas, sin hacernos un nudo con los pies como la última vez.
Que fácil era vivir entonces. Pero llegó el destino, como un disparo, que diría Blanco Garza, y nos puso la zanahoria delante del hocico.
Por el camino las piedras de todos los caminos: el acné, los logaritmos, las nóminas, la incertidumbre del vivir, hasta que por fin entiendes, casi siempre tarde, que la madre del cordero es ser, no tener, y, sin embargo, te has dejado las tiras del pellejo intentando tener y olvidándote el ser.
¿Y la zanahoria? Ya no vemos la zanahoria. Volvemos a ser libres.
Manolo Martínez
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