
Sobre
las tres de la tarde Casimiro pisa
el albero.
Casimiro es pequeño, peludo, suave, tan blando por
fuera como por dentro.
Lo dejas suelto y se va a los TRANQUILOTES, a la AMISTAD,
al BÚCARO, o a la primera que vea
con un hueco en la barra. Entonces acaricia tibiamente con su boca, rebujitos y manchaítos. Lo llamas dulcemente:
— Casimiroooo…
…y Casi viene a ti con un trotecillo alegre.
Come cuanto
le das: calamares, adobo, almejas y solomillos.
Hace el
paseíllo, de caseta en caseta, hecho un pincel. Camisa y pantalón de
estreno. Sus gafas Rayban, encasquetadas en un pelo acartonado por kilo y medio
de Patrico.
El número de rebujitos ingerido aumenta con el paso
de las horas, y con ellos, comienza la metamorfosis. Casimiro ya no es Casimiro,
es Casi Feria.
Media camisa desabrochada, luciendo pecho. La
pelambrera del macho hispano en todo su esplendor, y flanqueando el
“macetón epidérmico”, tres talonarios de
tickets asoman desafiantes por el bolsillo de la camisa.
A Casi-Feria ya no se le entiende nada. Balbucea,
ríe, gruñe…, no hay logopeda que remedie esa torre de babel etílica.
Las sillas de
Teodosio dan compañía a su familia. Su mujer, la hija y el yerno le contemplan
tras un burladero de medias botellas y medias raciones.
— Casi, cariño, ¿que te pasa? (le
pregunta su mujer preocupada)
— ¡Que
me dejes…! (responde el consorte con malaje)
El yerno le
quita a escondidas un cubata a medio acabar, y Casimiro, con los ojos
inyectados de sangre, la lengua bífida y la camisa por fuera comienza la
búsqueda de los HERMANOS PERNIA, cambiando el trotecillo alegre y
garboso, por un trote cochinero.
Con las
primeras luces, la metamorfosis se ha consumado.
— Con lo guapo que venías… (se lamenta su mujer cuando
observa a aquel prehomínido que dormita, utilizando como almohada el papel
lleno de manchas de los calentitos.

El yerno, que buen yerno, de los que ya no hay, se pasa un brazo de Casimiro por detrás del cuello, y la hija imita el gesto con el otro brazo. Su santa esposa dirige la cofradía San Antón abajo. De costero a costero. ¡Qué cuadro!
A la altura del Tota, levanta la cabeza el penitente:
— Pararse ahí. Vamos a tomarnos la última.
Sus dos costaleros giran despacio sobre sus pasos, y en un derroche de fuerzas, aúpan a Casimiro y le sientan en un contenedor de basura:
— Deja algún dinero al lado (dice la esposa), que si no no se lo llevan.
Manolo Martínez
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