Después de mirarnos de arriba abajo, y tantear quién había perdido más pelo y ganado más barriga, lo primero que me dijo Andrés fue:
— Macho, Manu, ¡qué bien le ha ido al Rana!
— ¿Al Rana? —le pregunté yo sin saber de qué hablaba—
— Sí hombre, Antonio…, el rana, aquel que nos vendía los ducados de uno en uno, y las cuñas de chocolate de dos en dos en aquella tabernilla dónde nos escondíamos cuando no íbamos a clases de latín con la “Puella”.
No tuvo que darme más detalles para intuir por dónde iba mi amigo, quién, al pasar junto al Instituto Maese Rodrigo comprobó, desconcertado, que en el mismo lugar que antes estaba el Ventorrillo del Rana hoy se erguía un Mercadona.
No, Andrés, ese Mercadona no es de Antonio, ojalá, pero, ¿sabes?, deseando estoy que lo abran para pasearme por sus pasillos, cerrar los ojos y coger aire y recordar, porque estoy seguro de que El Rana sigue por allí, al lado de los cereales integrales, dando consejos a los muchachos sobre a qué chavala arrimarse, o sentado encima de uno de los mostradores asomándose al exterior, echado sobre un codo como acostumbraba a hacer.
Entre los cachivaches del alma, aquellas conversaciones haciendo ceritos de humo con el cigarro, y la más fea de la clase que se restregaba como un gato al primero que la mirase, mientras los demás nos secábamos la boca con la manga tras el primer buche de cerveza, antes de escupir una risa al ver la cara del asediado.
Manolo Martínez
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