CARPE DIEM



Dentro de veinte años, lamentarás más las cosas que no hiciste, que las que sí hiciste. Así que, suelta amarras y abandona el puerto seguro. Atrapa los vientos en tus velas. Explora. Sueña. Descubre.


sábado, agosto 15, 2026

LA CHICHARRA


 Toda la vida de Dios un bicho del campo, la chicharra, nos ha “cantao” la caló que vajacé. 

Que no venga ahora interné cargándose el pegote prediciéndonos los grados que vamos a sufrir el 30 de agosto a las cinco de la tarde. ¡mucha caló!, mira que los cojones. Andaqué… 

Y es que no hay nada más exacto que el deseo carnal, porque, cuando la chicharra canta hasta reventá, pasando ya de los treinta grados, lo que realmente hace es atraer a las hembras y marcar territorio, lo mismo que hacían Alfredo Landa, Manolo Escobar o Pajares y Esteso, llamar la atención, decir “chiquilla aquí estoy yo”, “Tómame o déjame” como cantaba Mocedades. 

A esos cantes, con los que estos animalitos nos anuncian que nos vamos a achicharrar, los científicos, en su empeño por bautizar a las cosas del mundo con nombres raros, les llaman estridulación. 

Así que si quieren “callar” al más sobrado del tercio cuando saca su iPhone de última generación para detallaros los grados exactos que tendremos en Nochebuena, díganles sin rubor alguno: 

— Según las últimas estridulaciones de mi chicharra un grado menos de lo que dice tu telefonito...

...y santas pascuas.

                                                                          Manolo Martínez

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jueves, agosto 13, 2026

EL CUADRO TORCIDO

Hace unos años, cuando yo entré  en una curva sin señalizar de mi vida, mi mejor amiga me invitó a cenar en su casa. 

Nada más entrar en su apartamento me llamó la atención un enorme cuadro que presidía la subida de la escalera, no por el lienzo per se, sino porque estaba mal colgado. 

Estaba de lado, de tal manera que, para averiguar lo que allí había dibujado, tenías que torcer la cabeza, como un perrillo cuando quiere dar pena. 

      Cuando le pregunté por qué lo había colgado así, me dijo que aquel grabado le encantaba, pero no cabía en el testero en su posición correcta, así que lo puso en vertical. Tenía claro que lo importante era disfrutar de la escena.      

              

       Ese cuadro está hoy en mi casa. Se lo pedí a mi amiga y me lo regaló.

     Está mal colgado, torcido, y no es que no tenga sitio en mi pared, que lo tengo, pero perdería su alma, porque lo que veo, cada vez que lo miro, incluso antes que el cuadro, es la conversación que mantuve sobre los torcimientos de los días y sobre la importancia de adaptarse a las circunstancias, a los tiempos y a la pared que tengamos para colgar los  deseos, aunque no se cumplan. 

      Es curioso, aquella amiga comparte hoy su vida conmigo, y a los dos nos gusta mirar, en silencio, el cuadro torcido.

          Manolo Martínez

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miércoles, agosto 12, 2026

LA CARMONA de NUESTROS PADRES, SERÁ LA CARMONA de NUESTROS HIJOS

 

Los chorreones de sol le caen a Carmona por su frente de piedra al atardecer. 

Al contemplar ese momento, uno se siente orgulloso de haber nacido entre este puñado de rocas que se van ordenando, según la necesidad, en calles por las que pasear, plazas para sentarse a pensar, o iglesias en las que rezar. 

Los dedos de la ciudad, sus torres, descorren los visillos del cielo cuando suenan sus campanas: tlan, tlan, tlan.., mientras las nubes enrojecen sus mofletes de algodón anunciando la noche. 

Entonces, uno se llena los pulmones de Carmona cuando la respira con los ojos, a sabiendas de que nuestros hijos seguirán viéndola cuando nosotros no estemos, igual que ahora la disfrutamos quienes la habitamos, como ya hicieron aquellos que nos dejaron.  

Texto de Manolo Martínez

                                          Fotografía de Antonio Gavira Ramírez                                               

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domingo, agosto 09, 2026

LA ZANAHORIA


Las noches de verano nos requetepeinábamos con agua y peine hasta dejar la raya dibujada en nuestra cabeza. 

La primera cerveza caía en cualquier peña, bética o sevillista, porque en ellas nos cundía más el poco dinero que manejábamos entonces. 

Luego ahuecábamos las manos y encendíamos un ducado, tras frotar la cerilla con la caja. Chupetón del diez y a echar humo como el Carmonilla. 

Psss…Psss…allí vienen ya —nos avisaba siempre Pepillo, que era el más…eso  

Lo único que nos quedaba para rematar bien la noche era bailar medioquè el rocanrol delante de aquellas niñas, sin hacernos un nudo con los pies como la última vez. 

Que fácil era vivir entonces. Pero llegó el destino, como un disparo, que diría  Blanco Garza, y nos puso la zanahoria delante del hocico. 

Por el camino las piedras de todos los caminos: el acné, los logaritmos, las nóminas, la incertidumbre del vivir, hasta que por fin entiendes, casi siempre tarde, que la madre del cordero es ser, no tener, y, sin embargo, te has dejado las tiras del pellejo intentando tener y olvidándote el ser. 

¿Y la zanahoria? Ya no vemos la zanahoria. Volvemos a ser libres. 

Manolo Martínez

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sábado, agosto 08, 2026

DESVARIANDO CON LAS CALORES

Los niños, cuando están cansados, se retiran el flequillo sudado de su frente, y sólo con ese gesto descansan. Los mayores, como ya no tenemos flequillo, cargamos las pilas andando, como si tuviéramos una dinamo en los pies que nos alumbra el camino cuando estamos desnortaos. 

 

Y mientras andamos desandamos, hasta nuestros primeros recuerdos de cómo obteníamos lo que queríamos: 

¿La chupa? La conseguíamos llorando. 

¿Los cigarros? Se lo comprábamos a Tomatera, de uno en uno, en el puestecillo que tenía más pabajo del Resbalón. 

¿Los primeros besos? De la que se dejaba, que casi nunca era la que nos gustaba. 

En fín…¡qué calor más grande!


Manolo Martínez

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sábado, agosto 01, 2026

HE VUELTO


Ha vuelto. Y se nota. Viene llena de ideas y de rizos, como siempre, y debajo de ambos, su carta de presentación: su espléndida y perenne sonrisa. 

Ha vuelto para regalarnos uno de los mejores espacios de Carmona a la hora de compartir un ratito, entendiendo por ratito esos cachitos de tiempo que hacen que la vida sea mejor (por eso ha renombrado al hermoso rincón como “Vida Moments”, antiguo Karma). 


Ha vuelto para abrirnos los días de par en par con unos espléndidos desayunos, de hecho ha bautizado a uno de ellos como “HE VUELTO” (Pan de pueblo, jamón ibérico y huevos revueltos con queso), es decir, con cosas de verdad, auténticas, como es Yoli. 

Ha vuelto Yoli, y le íbamos a decir “bienvenida”, pero la verdá es que todos pensamos que lo certero es decir “bien hallados”. 

Buen camino Yoli, te acompañaremos en él para “comer, beber y hablar” en ese hermoso espacio.

                                                                      Manolo MartíneZ

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domingo, julio 26, 2026

LOS PECES DE LA ALAMEDA

 

Me gusta cerrar los ojos y ver aquellos peces rojos que nadaban en el pilón de la casa junto al cine, en la Alameda. 

Era verano, y los padres nos llevaban al cine Rialto, un cine sin techo y sembrado de sillas de hierro. 

Por aquella enorme pared blanqueada, la pantalla, se paseaban, como salamanquesas, Manolo Escobar, Gracita Morales y Antonio Garisa. Luego, llenos de pipas y de risas, volvíamos a casa, pero antes, la paraíta. 

Nos soltábamos de la mano de mamá y corríamos para agarrarnos a la reja que separaba, y separa, el pilón de los peces rojos que salían a comerse las bolitas del pan sobrante del bocadillo que le tirábamos al estanque. 


Pero, apenas nos daba tiempo, porque nuestras madres-vigías, nos perseguían y amenazaban: 

—¡Ven acá pacá, Manolito! ¡Como te coja tevá cagá! 

…y mientras tus pies andaban hacia delante, juntos a los de mamá, que te remolcaba del brazo, tu cabeza giraba hacía atrás como la de la niña del exorcista, buscando ver, por última vez, el último pez. 

Cuando mis hijos eran chicos me empeñaba en mostrarles aquel pilón en el que flotaban mis recuerdos como las pelotitas de pan que, ahora, se tragaban los años con su desdentada boca. 



Sin embargo, mis herederos, lejos de hacerles una fiesta a los descendientes de aquellos peces que escuchaban cantar a Manolo Escobar, arrugaban su frente para decirme que querían irse. Normal, si hasta los peces les hemos metido en sus cuartos, dentro de lujosos acuarios. Tan malo es lo mucho como lo poco, me decía mi padre.    

Manolo Martínez

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sábado, julio 11, 2026

EL PUNTO DE VISTA

Hace nada nos dimos cuenta mi mujer y yo que teníamos exactamente la misma edad que tenían nuestros padres cuando nos casamos y nos preguntamos ¿qué hacían nuestros padres con la edad que nosotros tenemos ahora?

Pues hablaban. Hablaban muchísimo. Hablaban sobre las cosas simples que visten los días: el precio de la fruta, el tiempo que hará, si el geranio que les regaló la vecina agarró o se secó… o si sacarían ya la ropa de verano para guardar la de invierno. 

Un calco de lo que ahora hacemos nosotros. 

Otra cosa que hacían nuestros padres es quedarse dormidos viendo la tele. En concreto, mi padre, antes de dormirse siempre le decía a mi madre: 

Mary, quita a esos tíos pegando voces y pon a los bichos. 

Los tíos pegando voces eran los debates sobre cualquier tema y los bichos eran los documentales sobre animales de la 2. Y claro, ver al oso andando por la montaña era mejor que una tila.

Como ha cambiado el cuento, aún siendo la misma película, los mismos actores y la misma historia: padres, hijos y el paso de los años. 

Mi madre, cuando tenía la edad que yo tengo ahora, se vistió de madrina para llevarme al altar, y yo, con la edad que tenía mi madre cuando me llevó al altar, como no me vista de lagarterana… 

Ahora cambiamos el PUNTO DE VISTA. Ahora los guionistas son los hijos. Luego la historia depende más del que te la cuente, que la historia en sí misma.


Manolo Martínez

domingo, julio 05, 2026

ANTES, TODO ESTO ERA CAMPO

¿Quién no ha oído decir a sus mayores aquello de: “Antes, todo esto era campo”. 

Dicen, que la luz de la luna tarde un segundo en llegar a nosotros, y la del sol ocho minutos. 

Y ahí está la trampa, porque, según esto, el presente no existe, ya que, cuando nosotros estamos percibiendo una imagen, esa escena ya ha pasado. 

En fin, puede que ahí esté el meollo, el motivo por el que nuestros abuelos sigan viendo campo dónde ahora hay cualquier otra cosa menos campo. 

Y puede, sólo puede que algo parecido nos pase con los amarres afectivos a otras personas a las que, aunque ya no están en nuestras vidas, seguimos viendo y escuchando en otr@s andobas. 

“Antes, todo esto era campo” es casi un “déjà vu”, o mejor aún, la imperiosa necesidad de vocear que las cosas no siempre fueron así. 

“Es que...antes, todo esto era campo”

Sí, abuelo, sí…, pero ya no. ¿Qué hacemos?

            Manolo Martínez

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sábado, julio 04, 2026

¡ VIVAN LOS NOVIOS !

Delante de dos cervezas, y con dos cigarros paseando de la boca a la mano, empezamos hace diez años, Pablo, el de Lolita Fusión, y yo, una conversación, que aún hoy no hemos acabado.

Le conocí en un momento difícil de mi vida, y aquel chaval, que podría ser mi hijo por su edad, me escuchó, y abrió de par en par el capote de su sonrisa, hasta templarme. 

Hoy se casa aquel muchacho, hoy se casa un hombre bueno. Alguien que habla de su familia como si no hubiera nada más en el mundo. Alguien que se viste, para sudar delante de los fogones, con su chaqueta de chef y su risa fácil, ambas blancas, como sus intenciones, como su corazón salesiano. 

Alguien que trabaja, da oportunidades, y bromea con los suyos, mientras se asoma feliz por la ventanilla que da a la barra para saludar a cuántos nos acercamos a su maravilloso restaurante. 

Te deseamos Pablo, te deseo, que los vientos del matrimonio te sean  propicios, que, con la misma maestría con la que meneas pimientos y tomates en tus sartenes, remuevas abrazos y quereres con la que hoy empiezas la que será, sin duda, tu mejor receta, en la que deberás brasear, pochar, saltear, blanquear, reducir, hornear, y finalmente emplatar con todo el amor con el que te enseñaron tu abuela Natividad y tu madre Cari. 

Y el único consejo que puede darte un viejo: cuidaros, cuidaros, cuidaros. 

¡ VIVAN LOS NOVIOS !

            Manolo Martínez

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domingo, junio 28, 2026

EL TIEMPO AMARILLO

Hace unos días, mientras paseábamos mi mujer y yo por el  balcón de Carmona, el parque del Almendral, vimos a tres abuelos sentados en los asientos de piedra charlando mientras miraban las nubes. 

Coincidimos en lo soberbios e ignorantes que somos de jóvenes, cuando creemos que nunca seremos viejos. 


Por curarme el alma, nada más llegar a casa, cogí la caja de galletas en la que no hay galletas, sino fotografías. Me gusta guardar las fotos más viejas en aquellas latas, como hacían nuestras abuelas.

Removí la caja antes de abrirla, para que se arrebujara el tiempo allí dentro. Me divierte sacar, sin orden alguno, distintos momentos de mi vida cada vez que abro el pasado.

Y aunque me arruga el ánimo comprobar que cincuenta años caben en tan poco espacio, también me hace gracia repasar mi vida en un santiamén.

Saco mi biografía a puñados de aquella caja. Junto a una fotografía en la que estoy con mi madre un día de campo siendo aún niño,  hay otra en la que aparezco en mi primer trabajo, y entre ambas, mi primera foto de recién casado.

Esta es la vida, un relámpago, una caja de galletas llena de fotografías que se arrebujan entre sí. 

Como esta última, en la azotea de mis padres, desde la que adivino el paso del tiempo cuando observo las dos espadañas, la vieja y la novicia, de la iglesia de San Francisco, como un calco de cómo pasan los años también para nosotros.

Y es que todo ha pasado tan deprisa que no me he dado cuenta de que el tiempo se ha puesto, también para mi, amarillo, como decía Miguel Hernández: 

“Pero yo sé que algún día

se pondrá el tiempo amarillo

sobre mi fotografía"

    Manolo Martínez

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sábado, junio 27, 2026

Aquella novia que veía las puertas chicas


Docena y media de cervezas para aliviar las calores me han traído el recuerdo de un amor adolescente que duró justo lo que dura un verano. Era guapa, y pija, tanto que tenía una amiga cuya condición "sine qua non" para dejarse querer es que el elegido en cuestión vistiera pantalones de color rojo (vestimenta oficial en los ochentas de los "borjamaris") 

Aquella novieta me dijo un día que la puerta de mi casa era "mu chica". A mí me chocó que calificara de reducida una puerta por la que entraban a diario mis padres, mis hermanos, yo, mis dos abuelas, alguna vecina y no sé cuántos amigos. No pasábamos todos a la vez, obviamente, y aún así  negué que aquella fuera mi casa como San Pedro negó a Jesús, tres veces. 

 ¿Chica la puerta de mi casa? Te habrás equivocado guapetona, esa no era mi casa. Por la puerta de mi casa entran caballos haciendo el paso español. 

Hoy, más viejo, que no más sabio, entiendo que la estrechez no estaba en la puerta sino en mi cándida cabeza adolescente. 

Por los pantalones "coloraos" no pasé, me daba igual lo que pensara su amiga, pero lo hice casi peor, me embutí unos amarillos, como los de Miguel Bosé cuando cantaba "Don diablo se ha escapado...", y una tarde de domingo me lucí con ellos por la calle principal del pueblo. 

Iba yo "pa chillarme", tanto que escuché a mi paso decir a un vecino:  

           Niño, ¿tu padre te ha visto?    

                                        Manolo Martínez

sábado, junio 20, 2026

SEÑALES

 

De un tiempo a esta parte vengo notando que mi mujer y yo nos repetimos la misma cosa varias veces. 

Además, mientras cenamos viendo el telediario, ella me comenta a mi, y yo le explico a ella, lo que ambos acabamos de oírle al presentador. 

Exactamente lo mismo, con las mismas letras y la misma entonación. Y lo gracioso es que se lo vendemos a la media naranja como si le estuviésemos dando una exclusiva. 

No contentos con la concesión, además le desmenuzamos el contenido, dando por hecho dos cosas: 

una, que el cónyuge, aún estando sentado a nuestro lado, no ha escuchado la noticia,

y dos, que suponiendo que sí la haya oído, estamos seguros de que no la ha entendido. 

Siendo conscientes, mi mujer y yo, de dichas figuraciones, lo hablamos, nos reímos…, pero irremediablemente seguimos haciéndolo.

¿Y si fueran señales? Las primeras huellas que deja una vejez que camina hacia nosotros, la punta del iceberg de la chochez. 

Po va a ser que sí, porque también empiezo a sentarme en la orilla de la cama, para ponerme los calcetines, como si estuviese al borde de un barranco.

¿Qué será lo próximo?

¿Cuánto tardaré yo en pararme a mirar las obras del pueblo con las manos detrás?

Al final llevaba razón Séneca cuando dijo:

“No es que tengamos poco tiempo, es que perdemos mucho”.

Manolo Martínez

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sábado, junio 13, 2026

UNA TORTILLA CON HUEVOS DE CAMPO


Que ricas están las tortillas que se hacen con huevos de campo, nada que ver con las que se hacen con los de gallinas enjauladas, que ni comen lombrices, ni hierbas, ni las sobras del almuerzo con sus cáscaras de melón y sus cachitos de pan duro. 

A veces, la felicidad, como los huevos de campo, se hace con todo lo que nos vamos encontrado a lo largo de ese hermoso labrantío que es cada día de vida: la briega, los hijos, las risas, los disgustos, la libertad, o la falta de ella que nos hace valorarla aún más si cabe. 

Otras veces los miedos nos arrean hasta encerrarnos y se nos va el día picoteando “piensos” (pensamos demasiado). 

Escarbar hasta encontrar la verdad no está mal, aunque, a veces, nos cueste tragarnos esas verdades que se retuercen como la lombriz en el pico de la gallina antes de pasar al buche.

Manolo Martínez

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sábado, mayo 09, 2026

CASI FERIA, O LA FERIA DE CASIMIRO

Sobre  las  tres de la tarde Casimiro pisa el albero. 

Casimiro es pequeño, peludo, suave, tan blando por fuera como por dentro. 

Lo dejas suelto y se va a los TRANQUILOTES, a la AMISTAD, al BÚCARO, o a la primera que vea con un hueco en la barra. Entonces acaricia tibiamente con su boca,  rebujitos y manchaítos.  Lo llamas dulcemente:   

     Casimiroooo… 

 …y Casi viene a ti con un trotecillo alegre. 

Come  cuanto le das: calamares, adobo, almejas y solomillos. 

Hace el  paseíllo, de caseta en caseta, hecho un pincel. Camisa y pantalón de estreno. Sus gafas Rayban, encasquetadas en un pelo acartonado por kilo y medio de Patrico. 

El número de rebujitos ingerido aumenta con el paso de las horas, y con ellos, comienza la metamorfosis. Casimiro ya no es Casimiro, es Casi Feria. 

Media camisa desabrochada, luciendo pecho. La pelambrera del macho hispano en todo su esplendor, y flanqueando el “macetón  epidérmico”, tres talonarios de tickets asoman desafiantes por el bolsillo de la camisa. 

A Casi-Feria ya no se le entiende nada. Balbucea, ríe, gruñe…, no hay logopeda que remedie esa torre de babel etílica. 

 Las sillas de Teodosio dan compañía a su familia. Su mujer, la hija y el yerno le contemplan tras un burladero de medias botellas y medias raciones. 

— Casi, cariño, ¿que te pasa?  (le pregunta su mujer preocupada) 

  ¡Que me dejes…! (responde el consorte con malaje)

El  yerno le quita a escondidas un cubata a medio acabar, y Casimiro, con los ojos inyectados de sangre, la lengua bífida y la camisa por fuera comienza la búsqueda de los HERMANOS   PERNIA, cambiando el trotecillo alegre y garboso, por un trote cochinero.   

Con  las primeras luces, la metamorfosis se ha consumado.

 — Con lo guapo que venías… (se lamenta su mujer cuando observa a aquel prehomínido que dormita, utilizando como almohada el papel lleno de manchas de los calentitos.      



El  yerno, que buen yerno, de los que ya no hay, se pasa un brazo de Casimiro por detrás del cuello, y la hija imita el gesto con el otro brazo. Su santa esposa dirige la cofradía San Antón abajo. De costero a costero. ¡Qué cuadro! 

A la altura del Tota, levanta la cabeza el penitente: 

     Pararse  ahí. Vamos a tomarnos la última. 

Sus dos costaleros giran despacio sobre sus pasos, y en un derroche de fuerzas, aúpan a Casimiro y le sientan en un contenedor de basura: 

— Deja algún dinero al lado (dice la esposa), que si no no se lo llevan.  

Manolo Martínez

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domingo, mayo 03, 2026

LA FERIA (de JOSELITO PÉREZ a ÁLVARO MORENO)

De chico yo iba a la feria con mis padres, mi flequillo, una rebequita de Joselito Pérez y un puñado de lágrimas preparadas para exigir todo lo que se me iba antojando.

Ahora voy a la feria sin flequillo, sin lágrimas, y con la cara larga porque, o voy sin ganas, o cuando voy no me quiero recohé.
De chico se me ponía la cara naranja, como a Trump, por la cantidad de Fantas que me metía entre pecho y espalda.
Ahora se me pone la cara blanca, porque se me baja la tensión con la caló, o porque tomo más pucheros que vinos.
De chico me sobraba rebeca por tos laos, ahora no tengo cojones de abrocharme los dos botones de mi chaqueta Álvaro Moreno.
De niño llevaba, dentro de mis zapatos gorilas, dos algodoncitos pegados a dos cebaduras en los talones; y ahora, de viejo, llevo fascitis y callos dentro de mis castellanos coloraos.
De chico tiraba de la mano de mi padre padentro, pa la feria, ahora reculo, como los toros mansos, en cuanto escucho la tómbola, al turronero, o la música de los coches locos.
Conclusión: ¡Andaque no han cambiao ná las ferias!
No, hijo, no, sólo hemos cambiado de proveedores.
De Joselito Pérez a Álvaro Moreno, Del Bar Potaje a los Sibaritas y de la Pistas de Coches Locos Mary Tere a Mary Tere.
En definitiva, de chico me faltaba feria y ahora me sobra por tós laos, como la rebequita.

Manolo Martínez

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martes, abril 28, 2026

CUANDO NO ACEPTAS TU EDAD (Midorexia)

                   Hay gente que se lleva décadas cumpliendo cuarenta y tantos, y es que cuando pasamos de los cincuenta, la memoria nos falla cuando nos preguntan cuántos inviernos llevamos en los bolsillos, y vuelta la burra al trigo, cuarenta y tantos...

Envejecer no está tan mal si se hace con dignidad, lo que no significa que a partir de los cincuenta tengamos que salir a la calle con el pañuelo de doña Rogelia en la cabeza, pero por dios bendito, aunque tu mujer esté muertaypená por disfrazarte de veinteañero, no cedas.

Si te das un tinte caoba en los tres pelos que te quedan, te pones un pantaloncito “colorao”, un chaleco verde limón (siempre sobre los hombros), y unas gafas fashion que te tapan el careto, no te estás quitando años Andrés, te estás preparando para un casting del Circo del Sol.

Que no tengan tus amigos que decirte cuando te vean esta feria (depues de dos ferias sin verte por la pandemia)

—¡Jesús, María y José!, ¿eres tú, Andrés?

Unos le llaman midorexia, otros Síndrome de Peter Pan..., sea lo que sea, no lo vuelvas a hacer campeón, tómate un poquito de café bebío que te despabile, y búscate una pareja para jugar al dominó.

                                      Manolo Martínez

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domingo, abril 19, 2026

COMO UN GATO SIN DUEÑO


Miguel Ángel García Buza consigue mojarnos el alma en el Pilar de los Limones con esta bellísima fotografía. 

En 1877 se construyó este abrevadero para aliviar la sed de los animales que iban a la feria anual del ganado, origen de la actual Feria de Mayo en la que, por cierto, a la vista de los precios que están cogiendo manzanillas y rebujitos, uno se siente como un gato sin dueño que va de caseta en caseta buscando los más asequibles. 

¿Sería posible que nos pusieran, a los “tiesos”, un abrevadero etílico antes de entrar en la feria, como aquellos añorados Bar Potaje y Bar Ibiza dónde hacíamos las primera paraíta sin que nos vaciaran los bolsillos? 

Manolo Martínez

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sábado, abril 18, 2026

EL BALCÓN EMBUSTERO


Tenía las piernas tan largas como la risa de un niño. 

Todas las tardes, a la hora de la merienda, se contoneaba delante de su balcón, dejando que, su minifalda, ardiera en su frente. Gumersindo la aguarda sentado, junto a la mesa camilla, escondido tras la organza del visillo. 

Una rebanada de pan, untada de nocilla, le añadía años al trazarle un bigote de chocolate en cada mordisco. Cada tarde se repetía un ritual. Justo cuando el cuello de Gumer, trasladaba su cabeza hasta la frontera del cristal del balcón, aparecía su madre, por detrás, y de un guantazo, hacía que su frente chocara contra el vidrio, mientras le inquiría:

 ¿Qué miras?

 Nada, mamá, nada (la aliviaba, Gumer, tras su mentira)

Treinta años hicieron falta para que, aquella visión de infinitas piernas, subiera las escaleras de Gumersindo, se quitara la minúscula minifalda y…, se pusiera la bata de guatiné, tres docenas de rulos encima de la cabeza, y por las tardes, se pusiera detrás de él y le atizara en la nuca, aplastándole el cigarro contra el cristal del balcón, mientras le espetaba:

 ¿Qué miras?

 La vida pasar, mi amor, la vida pasar…

Aquel balcón le había mentido. Quién ahora tenía tras su espalda no tenía nada que ver con aquella que se lucía allá abajo, en la calle del deseo. 

Puso una reclamación en la oficina del consumidor y le escribió su caso al defensor del pueblo.

Ninguno de las dos le dieron una solución satisfactoria, por eso, Gumer, cada tarde, se asoma a su balcón, y sigue buscando a aquella muchacha que tenía las piernas tan largas como la risa de un niño.

Manolo Martínez

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