Déjate de arrumacos y cucamonas que el día para lo que está es para poner unos pocos de tendederos.
A 32 kilómetros por hora que corre el aire hoy, tú puedes colgarte todas las medallas que quieras con tu parienta si, en vez de esconderte detrás de la espalda el triste ramos de flores de todos los años, le cierras los ojos con las manos y te la llevas a la azotea, y cuando esté delante del tendedero le retiras las manos para que contemple el gran espectáculo:
En
el primer alambre: calzoncillos y paños de cocina a punto de secarse.
Detrás, en el segundo alambre, las cortinas rojas del salón, las bragas blancas y los calcetines des colores de los niños.
Ella no podrá contener las lágrimas cuando vea aquella ropa volando al viento, y tú empiezas a cerrar los ojitos despacio, y a poner la boquita en modo “mi mujer me va a dar un beso”.
Pero pasados 2 minutos, viendo que sus labios no acaban de posarse en los tuyos, vuelves a abrir los ojos y ella sigue llorando, y tú vas y la consuelas:
— …pero cariño, que no es para tanto. Ya sé que no te esperabas este detalle, pero te juro que a partir de hoy pondré un tendedero por lo menos una vez al mes.
Ella
se seca las lágrimas con la manga, inyecta sus ojos de sangre y te escupe:
—
…pero capullo,
¿lo has puesto todo en la misma lavadora?
Manolo Martínez
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