CARPE DIEM



Dentro de veinte años, lamentarás más las cosas que no hiciste, que las que sí hiciste. Así que, suelta amarras y abandona el puerto seguro. Atrapa los vientos en tus velas. Explora. Sueña. Descubre.


domingo, junio 28, 2026

EL TIEMPO AMARILLO

Hace unos días, mientras paseábamos mi mujer y yo por el  balcón de Carmona, el parque del Almendral, vimos a tres abuelos sentados en los asientos de piedra charlando mientras miraban las nubes. 

Coincidimos en lo soberbios e ignorantes que somos de jóvenes, cuando creemos que nunca seremos viejos. 


Por curarme el alma, nada más llegar a casa, cogí la caja de galletas en la que no hay galletas, sino fotografías. Me gusta guardar las fotos más viejas en aquellas latas, como hacían nuestras abuelas.

Removí la caja antes de abrirla, para que se arrebujara el tiempo allí dentro. Me divierte sacar, sin orden alguno, distintos momentos de mi vida cada vez que abro el pasado.

Y aunque me arruga el ánimo comprobar que cincuenta años caben en tan poco espacio, también me hace gracia repasar mi vida en un santiamén.

Saco mi biografía a puñados de aquella caja. Junto a una fotografía en la que estoy con mi madre un día de campo siendo aún niño,  hay otra en la que aparezco en mi primer trabajo, y entre ambas, mi primera foto de recién casado.

Esta es la vida, un relámpago, una caja de galletas llena de fotografías que se arrebujan entre sí. 

Como esta última, en la azotea de mis padres, desde la que adivino el paso del tiempo cuando observo las dos espadañas, la vieja y la novicia, de la iglesia de San Francisco, como un calco de cómo pasan los años también para nosotros.

Y es que todo ha pasado tan deprisa que no me he dado cuenta de que el tiempo se ha puesto, también para mi, amarillo, como decía Miguel Hernández: 

“Pero yo sé que algún día

se pondrá el tiempo amarillo

sobre mi fotografía"

    Manolo Martínez

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sábado, junio 27, 2026

Aquella novia que veía las puertas chicas


Docena y media de cervezas para aliviar las calores me han traído el recuerdo de un amor adolescente que duró justo lo que dura un verano. Era guapa, y pija, tanto que tenía una amiga cuya condición "sine qua non" para dejarse querer es que el elegido en cuestión vistiera pantalones de color rojo (vestimenta oficial en los ochentas de los "borjamaris") 

Aquella novieta me dijo un día que la puerta de mi casa era "mu chica". A mí me chocó que calificara de reducida una puerta por la que entraban a diario mis padres, mis hermanos, yo, mis dos abuelas, alguna vecina y no sé cuántos amigos. No pasábamos todos a la vez, obviamente, y aún así  negué que aquella fuera mi casa como San Pedro negó a Jesús, tres veces. 

 ¿Chica la puerta de mi casa? Te habrás equivocado guapetona, esa no era mi casa. Por la puerta de mi casa entran caballos haciendo el paso español. 

Hoy, más viejo, que no más sabio, entiendo que la estrechez no estaba en la puerta sino en mi cándida cabeza adolescente. 

Por los pantalones "coloraos" no pasé, me daba igual lo que pensara su amiga, pero lo hice casi peor, me embutí unos amarillos, como los de Miguel Bosé cuando cantaba "Don diablo se ha escapado...", y una tarde de domingo me lucí con ellos por la calle principal del pueblo. 

Iba yo "pa chillarme", tanto que escuché a mi paso decir a un vecino:  

           Niño, ¿tu padre te ha visto?    

                                        Manolo Martínez

sábado, junio 20, 2026

SEÑALES

 

De un tiempo a esta parte vengo notando que mi mujer y yo nos repetimos la misma cosa varias veces. 

Además, mientras cenamos viendo el telediario, ella me comenta a mi, y yo le explico a ella, lo que ambos acabamos de oírle al presentador. 

Exactamente lo mismo, con las mismas letras y la misma entonación. Y lo gracioso es que se lo vendemos a la media naranja como si le estuviésemos dando una exclusiva. 

No contentos con la concesión, además le desmenuzamos el contenido, dando por hecho dos cosas: 

una, que el cónyuge, aún estando sentado a nuestro lado, no ha escuchado la noticia,

y dos, que suponiendo que sí la haya oído, estamos seguros de que no la ha entendido. 

Siendo conscientes, mi mujer y yo, de dichas figuraciones, lo hablamos, nos reímos…, pero irremediablemente seguimos haciéndolo.

¿Y si fueran señales? Las primeras huellas que deja una vejez que camina hacia nosotros, la punta del iceberg de la chochez. 

Po va a ser que sí, porque también empiezo a sentarme en la orilla de la cama, para ponerme los calcetines, como si estuviese al borde de un barranco.

¿Qué será lo próximo?

¿Cuánto tardaré yo en pararme a mirar las obras del pueblo con las manos detrás?

Al final llevaba razón Séneca cuando dijo:

“No es que tengamos poco tiempo, es que perdemos mucho”.

Manolo Martínez

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sábado, junio 13, 2026

UNA TORTILLA CON HUEVOS DE CAMPO


Que ricas están las tortillas que se hacen con huevos de campo, nada que ver con las que se hacen con los de gallinas enjauladas, que ni comen lombrices, ni hierbas, ni las sobras del almuerzo con sus cáscaras de melón y sus cachitos de pan duro. 

A veces, la felicidad, como los huevos de campo, se hace con todo lo que nos vamos encontrado a lo largo de ese hermoso labrantío que es cada día de vida: la briega, los hijos, las risas, los disgustos, la libertad, o la falta de ella que nos hace valorarla aún más si cabe. 

Otras veces los miedos nos arrean hasta encerrarnos y se nos va el día picoteando “piensos” (pensamos demasiado). 

Escarbar hasta encontrar la verdad no está mal, aunque, a veces, nos cueste tragarnos esas verdades que se retuercen como la lombriz en el pico de la gallina antes de pasar al buche.

Manolo Martínez

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