Aquella novieta me dijo un día que la puerta de mi casa era "mu chica". A mí me chocó que calificara de reducida una puerta por la que entraban a diario mis padres, mis hermanos, yo, mis dos abuelas, alguna vecina y no sé cuántos amigos. No pasábamos todos a la vez, obviamente, y aún así negué que aquella fuera mi casa como San Pedro negó a Jesús, tres veces.
— ¿Chica la puerta de mi casa? Te habrás equivocado guapetona, esa no era mi casa. Por la puerta de mi casa entran caballos haciendo el paso español.
Hoy, más viejo, que no más sabio, entiendo que la estrechez no estaba en la puerta sino en mi cándida cabeza adolescente.
Por los pantalones "coloraos" no pasé, me daba igual lo que pensara su amiga, pero lo hice casi peor, me embutí unos amarillos, como los de Miguel Bosé cuando cantaba "Don diablo se ha escapado...", y una tarde de domingo me lucí con ellos por la calle principal del pueblo.
Iba yo "pa chillarme", tanto que escuché a mi paso decir a un vecino:
— Niño, ¿tu padre te ha visto?

No hay comentarios:
Publicar un comentario