CARPE DIEM



Dentro de veinte años, lamentarás más las cosas que no hiciste, que las que sí hiciste. Así que, suelta amarras y abandona el puerto seguro. Atrapa los vientos en tus velas. Explora. Sueña. Descubre.


viernes, enero 22, 2021

Desde mi colegio a la vida y viceversa

He vuelto a mi colegio cuarenta y cinco años después. Ha sido al abrir mi wasap y ver esta foto. Está igual que cuando lo dejé. Con mis dedos índice y pulgar estiro la foto y empiezo a buscarme. Seguro que estoy dentro de aquel wasap: en clase, o castigado quitando los chinos del campo de fútbol de tierra. 

A menudo me asusta tanta tecnología. Esto de volver al pasado y agrandarlo con dos dedos es pura magia, mejor que la Magia Borrás que nos regalaban los reyes. Hablando de reyes, hemos tenido que ser muy malos este año, porque no dejan de decir en los telediarios que los reyes, en vez de traernos cosas, se las han llevado. 

Intento ampliar más mi colegio y el descampado, por si encuentro a mi amigo Paco Pepe y a mí riéndonos mientras malcantábamos en el coro… y a Tony, a Paco, a Pachón..., y a don Andrés… , ay don Andrés…, pero los dedos ya no me dan más de sí, y no puedo seguir abriendo la foto, y con ella mi pasado. Cierro el wasap, pero quedan abiertos en mi corazón aquellos años.

          

Manolo Martínez

domingo, enero 17, 2021

Ir contracorriente


Este país no está hecho para los perros verdes ni para las ovejas negras, hay que ser por cojones palomas blancas. 

No es fácil ir contra la corriente, aguantar de pie la ráfaga de la intolerancia y el empujón del insulto sin caerte y partirte la boca entre las burlas de los ignorantes. No, no es nada agradable tener que dar explicaciones porque piensas distinto, porque eres negro, porque te dejas rastras, porque odias las chaquetas, porque eres homosexual, heterosexual o bisexual, porque te gusta la comida china, porque estornudas, porque eres comunista, socialista o animalista, porque te da igual la vida de los demás y sólo controlas la tuya, porque… 

…en fin, al final de una lista interminable de circunstancias que no son más que opciones y elecciones personales, maneras de vivir, acabas entendiendo que quienes esgrimen el látigo, los intolerantes, lo son por su incapacidad de ser libres ellos mismos. Están presos de ese mal que es el PENSAMIENTO ÚNICO. 

No son capaces de salir de su jaula. Se les va la vida meciéndose en un ideario que va y vuelve al mismo sitio siempre, como el columpio de los canarios, mientras escupen insultos como si fueran cáscaras de alpiste. 

Dos cosas por si tuviste la mala suerte de tener que bregar con alguno de estos: 

Una, échale el brazo por encima, para no caerte del asco, y que de camino piense que vas en el mismo barco. Al menos te dejará en paz. No es una solución honesta, pero es práctica.

Dos, mándalo al carajo. No es una solución práctica, pero es honesta.

                                                                                                              Manolo Martínez

         

martes, enero 12, 2021

Vida de perros


Desde los tiempos de Maricastaña, cuando alguien tenía una mala vida, por las razones que fueren, se decía que llevaba una vida de perros. Nadie podría imaginar que algunos chuchos cambiaran su existencia hasta alcanzar estatus ignominiosos. 

Ni Heráclito, aquel que sostenía que todo en la vida era un cambio constante, hubiese imaginado que hoy hubiese chihuahuas que viviesen por encima de sus posibilidades, como hacen en los pueblos la gente que llamamos de "media capita". 

Comen a la carta, visten de marca, van a la pelu, y se estresan, los perros digo, como nosotros, y como los de "media capita". Es más, hay veces que uno piensa "...quien fuera perro": sin problemas, sin obligaciones, sin hipotecas, sin tener que sonreír a cojones.... jodeeerrr..., digo…, ¡Guau!, o ¡Guadu!, si el perro es de "media capita". 

¿Qué nos queda por ver? Esperemos que muchas cosas, pero por favor, tengamos dos dedos de frente, y que un perro sea un perro, no una star system, ¡por los clavos de Cristo!, que nos hemos vuelto gilipollas.

Manolo Martínez

Yo estuve en Narnia

 
Hoy hace diez años que estuve en Narnia, el 10 de enero de 2010. Entré en ella como los niños de la película, sin salir de mi nido. Sólo tuve que bajar la escalera, atravesar la cocina y allí estaba. Narnia en el patio de  mi casa.  Desde entonces no he vuelto a ir, no encuentro la entrada para volver. Ahora, con enero en mi casa, miro a diario en mi patio, pero nada. De cuando en cuando entro en los roperos, porque recuerdo que los protagonistas llegaron a ella a través de una puerta escondida detrás de la ropa colgada en uno, pero tampoco consigo pasar a través de ellos al reino de Aslan. Sé que la nieve es una presa muy codiciada en estas fechas, pero de ahí a ni un poquito siquiera después de diez años... 

Mientras me tomo una cerveza en el bar del barrio me dice un gracioso que si lo que quiero es nieve, que al bajar la cuesta de Fuentes Viñas, en la esquina, pegado al antiguo Flody, Pedro me vende toda la que quiera. ¿Es verdad eso, Pedro? Acuérdate que somos de la familia...

                                        Manolo Martínez

sábado, enero 09, 2021

HACE 10 AÑOS QUE NEVÓ EN CARMONA





















El Verdugo y esta mierda de sociedad


Sé que me estoy haciendo viejo porque cada vez pienso más como lo hacía mi padre. 

Si ustedes observan el fotograma que acompaña a este texto y les revelo que es el momento previo a la ejecución de un condenado a pena de muerte, ¿quién dirían ustedes que es la persona que va a ser justiciada?

Todos señalaríamos al señor que se está cayendo y al que sujetan dos policías. Salvo que reconociéramos que la escena pertenece a la película de Berlanga, “El Verdugo”, y entonces supiésemos que el malhechor va oculto en el grupo de delante. Al que llevan a rastras es el verdugo, el mismo que debe ejecutar a garrote vil al que no vemos porque va escondido entre el cura y los funcionarios de cárcel. 

Ese verdugo que se arrastra incapaz de matar no es un cobarde, era mi padre, y ahora soy yo, y ruego a Dios que el día de mañana sean mis hijos, porque ello significará que estarán inhabilitados para hacer el mal, aunque el reo sea esta puta sociedad que autoriza y da licencia para matar a locos como Trump, elegidos democráticamente. No confundamos la bondad con la cobardía. Cobarde es el que mata, nunca el que se niega a matar. 

Estoy seguro de que Berlanga y mi padre compartieron cañas en algún momento, en algún lugar. Posiblemente lo hicieran en la nube quinta, en la que suelen sentarse los que son diferentes porque no piensan igual. Discreto, como siempre,  mi padre nunca me habló de ello, ni falta que hizo. Siempre lo supe.

Manolo Martínez   

        

domingo, enero 03, 2021

La Cabalgata del motocarro y el ángel


De la navidad, como del cerdo, se aprovecha tó, aunque quede feo decirlo así. Desde los primeros mantecaos, allá por noviembre, hasta el último caramelo que deja la última carroza del cortejo de reyes magos, todo entra en el zurrón. Durante treinta días nos sumergen en villancicos, guirnaldas, lucecitas de colores y películas de navidad. Los domingos a las cuatro te sientas con tres paquetes de pipas reyes, uno por película, para ver las de antena 3, todas de pascuas. Te levantas a las nueve, cuando acaba la última, cinco horas de tele, y porque empiezan a dar las cifras de la pandemia y te vas al baño para no escucharlas. 

Hay dos películas que no programa Antena 3, pero que son las mejores películas de navidad de la historia del mundo mundial, por geniales y por opuestas. Una es ¡Qué bello es vivir!, que para entendernos, digamos que es la navidad del Corte Inglés, y la otra “Plácido” que es la navidad de la calle.


En “Plácido”, el protagonista recorre el pueblo en un motocarro coronado por una estrella, recolectando pobres para repartirlos por las casas de bien y que compartan la cena de nochebuena con la gente pudiente. Plácido pregona por un altavoz (como si fuera “El Cuétara” cuando nos pedía que fuésemos al campo de fútbol de San Antón para animar al Carmona), aquello de “pon un pobre en tu mesa”, aunque sea una noche. Lo importante es que las cámaras dejen constancia de la bondad del bienhechor. 

En “Qué bello es vivir” hay nieve, actores guapísimos (en “Plácido” están José Luís López Vázquez y José Orjas. Escojan), y un ángel que viene a redimir al protagonista.


Todos acabamos llorando cuando en “Qué bello es vivir” cantan “Por los viejos tiempos” y la familia se abraza en un final antológico. Mientras, en “Plácido”, nos morimos de risa (por asco de la verdad), cuando uno de los pobres afortunados con comer en la casa de un rico se muere durante la cena y lo suben al motocarro para evitar velarlo en aquellas casitas del barrio alto, que cantaba Víctor Jara. 

Las dos navidades en dos películas. Una es la navidad que todos queremos y la otra es la de verdad. Ninguna es mentira, porque una es la que vives y otra es la que sueñas. Teniendo claro que vivir es la realidad, no es un embuste que la gasolina para vivir es soñar.

¿Se acuerdan ustedes de Telly Savallas, el actor de Kojak, el del chupa-chups? Cuenta en su biografía que de niño era un prenda y se colaba en los cines sin pagar. El día que vió “Qué bello es vivir”, al finalizar la película se fue directo a la taquilla a pagar su entrada. No se sentía bien por haberse colado sin pagar, la película le tocó la fibra.  La anécdota resume el bienestar que uno tiene cuando acaba de ver la película de Capra, la necesidad de ser mejor.

En definitiva, cine del bueno, las dos, del que construye verdades a base de mentiras. Berlanga es la realidad y FranK Capra la ilusión. ¿Qué dedo te cortarías?

Manolo Martínez          

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viernes, enero 01, 2021

Buchitos


La vida no se mide por el número de respiraciones, sino por los lugares e instantes que nos quitan la respiración. Tengo un amigo al que llamamos cariñosamente "Buchito", y se lo decimos porque de jóvenes tenía la sana costumbre de retenernos para tomar la última, con aquello tan de camarero de antes de: “Señores…el último buchito que nos vamos”. Siempre lo tomábamos. Bendito buchito. 

Pues eso es más o menos la vida, darle buchitos a todo lo que tenemos delante. Hoy es año nuevo, y con todo el día por delante para mi familia y para mí, me puse un rato a ver fotos de las que se guardan en la caja metálica de bombones, las mejores. Es un placer sacar un momento de tu vida de una lata cada vez que metes la mano. Cuando subí ésta hasta ponerla a la altura de mis ojos, pensé lo poco que necesita un niño para reírse, subirse al primer peldaño de una escalera. Con qué poco, con un buchito de lo que sea te alegras el día. 

Un buchito puede ser buscar el camino más largo para ir al trabajo y así ver gente, campo y cielo antes de empezar a pelearnos con los problemas. Otro buchito es asomarnos al balcón antes de acostarnos, e inspirar con tantas ganas que arrimemos la luna a casa. Hay tantos buchitos como bares. Uno de los que más cargan las pilas es el de mirar los ojos que te miran, que no siempre lo hacemos. 

 Porque lo mágico del buchito es que no te hartas. No es la “tragantá” de cerveza que se te va a los ojos y parece que se te van a salir de la órbita. Yo estoy empezando a probar un buchito que me ofreció hace años una amiga y es el de sonreírle al imbécil que te grita porque se cree mejor, o simplemente porque carece de ese bien que es la educación. No, no es el “dientes…dientes”, de la Pantoja. Es el buchito inteligente de tomarse la vida con calma, a pesar de los borricos con los que te cruzas con vaqueros de marca. 

Les confieso que uno de mis mejores buchitos es abrazar a mi mujer, que me suele estar esperando cuando vuelvo del trabajo. Me sabe a poco, me deja con ganas. Esa es la magia del buchito. 

Manolo Martínez         

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Rafa Torres y su mirada de Cuba


Conocí a Rafa Torres hace un par de años cuando le invité a una tertulia de “Comer, Beber y Hablar” junto a otros fotógrafos de Carmona. Quise que viniera porque sus fotografías son de esas que hablan, como dice la gente mayor. Rafa Torres tiene el don de comunicar, y a esa virtud Rafa le suma mucho trabajo, y técnica, y cursos, y viajes, y todo lo que se quiera, pero el motor, el corazón de sus imágenes es su particular visión. Rafa no necesita firmar sus fotografías, porque su nombre queda impreso en el momento elegido para echar la foto, en el encuadre, en el color, en todo ese mundo que cabe en la mirada de un artista.

      Rafa Torres acaba de publicar, junto a Layna Fernández, “OXÍMORON. LA ISLA QUE FLOTA SUMERGIDA”. Lo primero que me sedujo es que las fotografías de ambos se entremezclan sin que ninguno de los autores firmaran la suya. Dice Rafa que es un trabajo de los dos, y que lo que importa es el trabajo, no el reparto de firmas. No hay que competir, sino regalar la vista de quién tenga el acierto de hacerse con un ejemplar y disfrutar de la mirada que Rafa y de Layna tienen de Cuba. Un maravilloso paseo por los cubanos, sus casas, sus playas, sus luces y sus sombras, pero por encima de todo: MIRAR a Cuba con el talento de estos dos fotógrafos.

Enhorabuena, Rafa, me siento honrado de haberte conocido. 

Manolo Martínez

domingo, diciembre 27, 2020

Sota, caballo y rey



    Ahora que le vemos las orejas al 2021, observamos como se aleja el 2020 agarrado a su andador y tosiendo. Acaba de cumplir 365 días y está viejo y cansado. Al final ha sido sota, caballo y rey, pues como siempre.

Esta nochevieja, cuando las dos agujas del reloj se fundan como si estuviesen practicando la postura del misionero, millones de gilipollas nos engañaremos un año más pensando que a las doce de la noche atravesaremos, no sé qué coño de puerta, que nos adentrará en otra vida distinta, como si cuando te tomaras la última de las doce uvas entraras en otra dimensión. 

Por ejemplo, éste es muy bueno y un clásico: “El 31 de diciembre, a las doce en punto, dejo el tabaco. Vamos que tiro el que esté fumando aunque esté entero. 

O éste otro, que es genial: “El uno de enero no, porque está Mercadona cerrado, pero el dos, el dos lleno el frigorífico de apios, nabos y espinacas. Me divorcio de las hamburguesas, de los serranitos y del litro de Coca-Cola con que echo pabajo la comida”. 

Aunque el mejor es éste. Éste no tiene precio: “De este año no pasa. En cuánto pueda se lo digo al jefe, “O me subes el sueldo o ya te estás buscando a otro”, bueno que si se lo digo…” 

Sería de agradecer, sobre todo por la salud mental de los que te rodean, que habiendo aprendido que esto es sota, caballo y rey, no dijeras nada este año.

El día de nochevieja, calladito y a la cama. Te acoplas, como las agujas del reloj cuando dan las doce, si es que la pechá de wisky te faculta, y si la otra aguja consiente, claro.

… y el uno de enero, bueno el uno no, porque el uno aún te queda tabaco, hamburguesas y Coca-Cola, y además no irás a trabajar, con lo cual te quedas con la boquita cerrada mejor. Y ya el dos de enero… el dos sigues calladito. Te lo piensas, y luego haces lo que te salga de los cojones, pero, por dios, no le des la tabarra a nadie con lo que vas a hacer o dejar de hacer. Sería la mejor forma de, por una vez, hacer algo diferente. Mira por dónde, si lo haces, saldrás de la jodida certidumbre, del sota, caballo y rey que es pregonar todo lo que vas a hacer, aún sabiendo todos, incluso tú, que no lo vas a hacer.    

 Manolo os desea para 2021, SALUD,
 Martínez os desea TERTULIAS,
 y Manolo Martínez,  que hagáis este año algo que NUNCA HAYÁIS HECHO.   

            

jueves, diciembre 24, 2020

La sopa amarilla


Todos los años por navidad le regalaban a mi padre un pavo. La víspera de nochebuena, mientras yo inmovilizaba al reo cruzándole las alas, mi padre lo mandaba al otro barrio sin ni siquiera leerle sus derechos. Luego, lo desangrábamos y desplumábamos, como si el pobre animal hubiese hecho la declaración de la renta. 

La mañana de nochebuena mi madre guisaba aquel pavo y la casa olía a gloria durante todo el día. Al día siguiente, Navidad, con el caldo sobrante y cuatro rebanadas de pan, le componía a mi padre su manjar favorito, y hoy mío, la sopa amarilla. La llamábamos sopa amarilla para distinguirla de la sopa blanca, la del puchero. 

Es curioso, como con el paso de los años, uno asocia momentos y personas a según qué comidas. Para mí, la sopa amarilla es la navidad. Los sabores y los olores van cosidos a los recuerdos, de tal forma que uno tira del otro. 

Por ejemplo, los filetes empanados son siempre un día en el campo. Las migas son el invierno y una chimenea. El potaje y las lentejas, me transportan al momento en que yo subía las escaleras del comedor de mi colegio y cerraba los ojos intentando adivinar con qué me martirizarían ese día. El día que no ponían potaje, me ponían lentejas. El gazpacho es el verano, ninguno de los dos me gusta. La carne mechá rellena de huevo es mi tía Neni. Los raviolis crujientes es Pablo y Lolita Fusión. Los huevos a la bechamel, Gamero. El rabo de toro, el Molino de la Romera…y así hasta que las analíticas te manden a la Ronda Norte y a las espinacas con garbanzos, que serán "mu" de Carmona, pero es comida de conejos. 

Hoy es nochebuena, y viene mi madre a comer a su casa. He buscado para que le haga la sopa amarilla a la mejor cocinera, mi mujer. 

Manolo Martínez 

  

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domingo, diciembre 13, 2020

La cerveza


Tomarse una cerveza no es sólo tomarse una cerveza. El trago amarillento es la última parte del proceso, o la primera. Entre el primer sorbo y el último buchito hay un mundo. Vas a tomarte una cerveza para comentar los resultados del Betis, o para preguntarle al amigo cómo le va en el nuevo trabajo. Hay cervezas amargas que acompañan los malos momentos y ayudan a desembuchar las penas a los amigos. Y hay cervezas dulces, las que te tomas los sábados entre anécdotas y risas con la peña. 

¡Cuántas cosas caben en una caña de cerveza! Tantas que, a menudo rebosan, y pides la segunda, y la tercera…y ahí ya cabe todo. Normalmente, si llegas a la quinta o sexta cerveza, ya no hay más presente que contar. Entonces echamos mano del pasado y ahí la puedes liar: las primeras novias, los desengaños, los estudios, las juergas, las navidades de los últimos treinta años… La vida entera cabe en una caña de cerveza. Tómate de un trago la primera, la segunda despacio. 

A vuestra salud, feliz navidad

Manolo Martínez

 

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sábado, diciembre 12, 2020

Una cosa son los DESEOS y otra los PECES


A medida que los años nos pasan por encima, las luces del árbol de navidad brillan más. Y lo hacen por que cuando empiezas a recoger las redes que durante años has tirado al mar de los días, al subirlas a la realidad, compruebas que hay más deseos que peces. Y ahí, mirando como un gilipollas la escasez de la mercancía, te acabas enterando de qué va esto de vivir. Y no va, ni mucho menos, de llegar el primero, va de llegar. Y no va, ni de lejos, de contar dinero, va de contarnos nuestras cosas. Y no va de tirar la toalla cuando los anhelos no se cumplen, va de seguir encendiendo deseos, porque ellos son las luces del árbol y la hoja de ruta para el resto del año.


 Y no va, desde luego, de esperar a la navidad para desmontarnos y mirarnos por dentro, es más sencillo. ¿Te apetece un beso, una cerveza...? Pues de eso va la vida.


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