Y aquellas ditas apuntadas con mucho trabajo en
papel de estraza ....
Manolo Martínez
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Dentro de veinte años, lamentarás más las cosas que no hiciste, que las que sí hiciste. Así que, suelta amarras y abandona el puerto seguro. Atrapa los vientos en tus velas. Explora. Sueña. Descubre.
Y aquellas ditas apuntadas con mucho trabajo en
papel de estraza ....
Manolo Martínez
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Eran las que te buscaban en el recreo para jugar a los médicos, cuando tu única ocupación en esa media hora, era cambiar las estampitas repetidas.
Y las
otras pesadillas eran, curiosamente, las más jodidas:
“Corres
por un estrecho pasillo oscuro para salvar tu vida de un monstruo que te
persigue. Caes por un larguísimo túnel, pero cuando golpeas el fondo,
estás en tu cama. Sin embargo, la sensación de terror persiste,
tu corazón late más rápido, tu frente está cubierta de sudor helado. En fin,
era una pesadilla”.
Para estás últimas había tres soluciones:
La primera, contarlas siempre, a quién fuera, a tu amigo, a tu novia o tu
padre, pero al contarlas disminuías su importancia.
La
segunda, hacerle caso al profesor de Harry Potter, ese que invitaba a sus alumnos
a visualizar sus miedos y ridiculizarlos, por ejemplo, poniéndole patines a una
araña gigante, que era una de las pesadillas, o fobias, de uno de ellos.
Siempre funcionaba.
Y la tercera solución nos la da Michael Nadorff, quien, a sabiendas de que las pesadillas son más frecuentes en la fase REM del sueño, y que durante la misma, la parte del cerebro que regula los lóbulos frontales, conocida como amígdala, se activa para manejar emociones como el miedo.
Michael Nadorff afirma que “las pesadillas tienen su parte positiva porque nos ayudan a liberar el estrés acumulado, funcionando como una terapia de exposición que nos permite superar el miedo que nos ha ocasionado un evento perturbador, porque al revivirlo a través del sueño somos capaces de superarlo.
¿Cuál es tu pesadilla?
Manolo Martínez
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Aquella quietud torera llegó a la cúspide con Manolete, cuando atornillaba sus zapatillas al albero. Desde entonces, una vasta nómina de matadores, han ido haciendo de la inmovilidad, uno de los principales filones para hacer dinero rápido.
Desde Antonio Ordoñez a José Tomás pasando por Diego Puerta, El Viti, Paco Ojeda o Espartaco, todos han hecho el don Tancredo para comprarse el Mercedes y el cortijo, santo y seña de la profesión.
Bueno, volviendo a los valientes, a Paquirrín se le pegó al oído aquello de que la quietud era una forma de hacer dinero.
Y lo ha cumplido a rajatabla. El tío está inactivo desde que nació. Sereno, estático, tranquilo como un practicante de zen. Su inacción y su sosiego le han proporcionado pingües beneficios. La audiencia lo aclama como un tipo campechano, simpático... ¿y quién no estaría sonriente cuando ha hecho del ocio una de las profesiones más rentables?
Él ha convertido el problema de los españoles, el paro, en una brillante carrera. Torpe desde luego no es. Al fin y al cabo ha seguido al pie de la letra la norma torera, hay que quedarse quieto, niño, y quieto se ha quedao.
Que más da si en vez de pararse delante de un Mihura de 600 kilos, se ha haya parao delante de una hamburguesa. ¿Qué diferencia hay entre la Maestranza y el McDonalds?
Di que sí, ahí quieto parao, dejando que las papas fritas y la cruzcampo te rocen la taleguilla, con dos cojones, y deja que digan, que la envidia es mu mala.
Manolo Martínez
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Fernando Maqueda ha dibujado, con tanta habilidad como sensibilidad, a esta niña que amarra sus ganas de jugar a la espalda, entrelazando los dedos de sus manos, mientras sujeta su atención, y su melena, con la quietud del que aprende.
Ante esta hermosa actitud lectora, recordé la frase con la que nuestros padres nos invitaban a estudiar:
“Hazte un hombre de provecho”, frase que hoy es más justa a la vista del dibujo de Fernando, y podemos ampliar, y matizar, diciendo:
“Hazte una mujer, o un hombre, de provecho”, una obviedad, que como muchas, hay que sacarlas del armario para visibilizarlas.
Gracias, Fernando, por tu arte.
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Ambas la captaron mis hijos en distintos momentos de sus vidas.
Pablo estaba en Roma cuando descubrió a ese hombre remando por un muro de cemento.
Es curioso que reparara en aquella diminuta barquita surcando una cochambrosa pared, teniendo en cuenta que la misma estaba en la esquina de una de las plazas más hermosas del mundo, la Piazza del Popolo, a pocos metros de un espectacular obelisco que la corona, y junto a la majestuosa Iglesia Santa María del Popolo, la de la película "Ángeles y Demonios".
…y hablando de ángeles, a casi dos mil kilómetros de aquella piazza, en Sanlúcar de Barrameda, el otro fotógrafo, Ángel, supo ver el momento exacto en que el sol se descolgaba del cielo para ser sorbido por el mar, como si fuera un caracol de los que prepara Pinante en su bar del León de San Francisco.
Observar estas dos fotografías me hace pensar que la belleza está allá dónde uno la vea: dos ciudades, dos momentos, o simplemente dos formas de entender el mundo.
Estoy seguro de que un día aparecerá, frente a la playa de las Piletas, el remero romano atraído por el sol de Sanlúcar, y cuando esto ocurra, veremos el hilo rojo del que hablan los orientales, aquel del que cuentan, que los dioses atan alrededor del tobillo de los que han de ayudarse a lo largo de sus vidas.
Dicen que ese cordón mágico puede estirarse si las personas se alejan, o enredarse, pero jamás puede romperse, porque el hilo une a las personas que están destinadas a quererse y cuidarse.
A Pablo y Ángel
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— Pepa, no nos
queda mucho. Si volvieras para atrás, ¿qué harías que no hayas hecho?
Manolo Martínez
Veo a mi madre hacer como que está mirando el móvil, fingiendo ver a alguna vecina asomada a esa ventana; pero yo sé que está evitando ver como soplo las velas, porque, lo que no quiere, es apagar otro año.
…y veo como, lo que para los nietos es un ¡venga ya! vestido con dos apretones de labios que dibujan: la impaciencia de José Antonio y el estoicismo de Rodrigo, para la abuela es un ¡ay! nostálgico, por la irreverente rapidez con que pasa la vida.
Ahora, que ya tengo la edad que tenía mi padre, lo veo claro.
...veo como, ante el abismo incierto de una tarta repleta de velas, nada mejor que dos cándidas sonrisas con nombres de sobrinas: Julia y Gloria.
…y también veo que, en los carrillos inflados del soplavelas, hay más miedo que aire, porque querría que la vida se detuviera ahí, en esa fotografía, con Pablo y Ángel siempre al lado de su padre.
Por eso, ahora que tengo la edad que tenía mi padre, he aprendido que el tiempo es un descuidero que nos roba, sotto voce, todo lo que no abrigamos con amor, dejándolo a la intemperie de la desgana.
Manolo Martínez
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Por eso, cuando hace unos días fui al cine con mi sobrino mayor para ver la última entrega de Indiana Jones, hice examen de conciencia y comprendí que quien realmente está sufriendo de continuo es la madre de Indiana Jones.
Hacía tiempo que no veía una película de acción, no son mis preferidas, pero tuve más tiempo el corazón en la boca que en el pecho. ¡Que derroche de adrenalina, que estrés!
Las escenas de peligro se sucedían una tras otra, y fue, en esa concatenación asfixiante de riesgos y amenazas, donde evalué la de sofocones y desvelos que tendría que pasar la madre del héroe de los cojones, pobrecita mía.
Nosotros, que lo único que nos preocupa si van a mojarse el culo a Chipiona nuestros hijos, es que vuelvan con luz del día, ¿cómo estaríamos si nuestras crías galoparan a lomos de un caballo delante de un metro?, como hace Indi en su última peli. ¿Y si la novia de nuestro hijo se subiera a un avión en marcha a través del tren de aterrizaje?
No hay valerianas en el mundo que calmen a la madre de Indiana Jones, vaya telita el niño que le tocó.
¿No pudo Indiana haber aprobado unas oposiciones de conserje en el Museo de Bellas Artes?
Manolo Martínez
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Aunque nunca sabemos hacia donde nos lleva la vida, aunque compremos el billete de ida para el fin del mundo, el de vuelta siempre es el mismo, tu casa.
Por eso la cuidamos con una liturgia inquebrantable: desempolvándola de cuando en cuando, acicalándola, pintándola cada verano, o preguntándole, casi a diario, si necesita algo.
Y sí, siempre tiene ruegos y preguntas: un azulejo que se ha desprendido, para cuando tapamos esa grieta en mitad de la escalera, el lavabo que se ha atascado o la cañería que gruñe desde hace meses.
En cuánto podemos atendemos sus peticiones sin quejarnos, porque ella, nuestra casa, siempre tiene en cuenta las nuestras:
esperándonos con las puertas abiertas (que son sus brazos) cuando volvemos del trabajo, abrigándonos cuando llegan los inviernos, resguardando a nuestros retoños de sus miedos, cuando son niños, y luego, de mayores, escondiendo, por sus rincones, el cosquilleo de sus primeros amores y los suspiros de los desamores.
Tantas cosas nuestras están dentro de las casas, que, llegados a cierta edad, pensamos que lo que ocurra fuera de aquellas cuatro paredes, francamente nos importa un pimiento, como decía el guapo de “Lo que el viento se llevó”.
Y es que, es tal la sinergia entre tu casa y tú, que apenas la mimamos un poco: regalándole un geranio al patio, el canto de un canario, o vistiéndola con unas cortinas nuevas, uno recibe de inmediato un chute de serotonina, ...
... y nos sentimos a gusto sólo con verlas guiñar uno de sus ojos, que son sus ventanas, al remangarles el visillo nuestros hijos para asomarse a vernos llegar del trabajo.
No hay ningún lugar en el mundo, ninguno, en el que uno se sienta como en su casa.
Manolo Martínez
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Si yo tuviera dinero, que no lo tengo, me iría a vivir al norte, porque el frío, que encoge otras muchas cosas, acaba alargando otras, como la misma vida.
Párense vuestras mercedes, si no, a tirar números, y comprueben que, desde las dos de la tarde hasta las diez de la noche, no hay vida en esta bendita Sevilla dónde el calor es el puto amo. ¿Cuántas horas, y días, al final del verano, hemos "perdido" debajo del aire acondicionado?
Por eso, cada vez que podemos, nos abrazamos en Ryanair y nos plantamos en cualquier rincón cercano al Cantábrico, como Oviedo.
Y allí, después de pedirle permiso a la Regenta que custodia su hermosa catedral, de tomar unos culines de sidra en la calle Gascona...,
.. de pasear entre los espléndidos culos de Úrculo, en la calle Uría, de visitar el hermoso Mercado del Fontán. y de llenar los pulmones de aire fresco en el Campo de San Francisco (todo esto entre las tres de la tarde y las diez de la noche), acabamos mirando escaparates.
Y entre ellos, nos seduce uno que está “en cueros”, y en cuyo interior conocimos a Bruno, hijo de Felipe Prieto, su fundador, quién, de amables maneras, comparte con nosotros su buen quehacer, sus idas y venidas por todo el mundo de la mano de su artesanía, y acaba invitándonos a respirar el olor a piel que flota en su taller.
Pero el que más me llamó la atención, por mi mala relación con el calor, fue el de un bolso de mano realizado para la reina de España, quien curiosamente (y aquí viene el conque del por qué me llamó la atención), lo utilizó en la visita que, doña Letizia, hizo a París con motivo de la II Conferencia Global sobre Salud y Cambio Climático.
Es
curioso, yo había llegado a Oviedo huyendo del calor, y acabé hablando, con
Bruno Prieto, del bolso que la reina llevó para hablar del calentamiento de la
Tierra.
Haz muchos bolsos, Bruno, como el de doña Letizia, para pedir a todo el mundo que, por favor, seamos responsables y no le dejemos a nuestros hijos un desierto, sino muchas Oviedos que estén llenas de manzanos que estén llenos de manzanas que estén llenas de sidra, que nos haga olvidar estas malditas calores.
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Pero, si el meollo del vivir es la sorpresa, el no saber que pasará mañana. ¿Qué belleza tiene saber que ocurrirá antes de que ocurra? Ninguna, si acaso aburrimiento, desidia o estúpidas fantasías y conjeturas. Hay que estar muy colgado para creer en esas cosas, muy colgado.
— ¿Cuántas?
— Te juro que no han sido más de siete.
— ¿Cuántas? —me insistió por segunda vez.
— Diez... —y entonces me percaté del mensaje que quiso transmitirme aquella pluma dando vueltas en mi cara.
Me dijo, sin decírmelo: "Vuela pa tu casa que te van a dar par pelo" Yo no creo en el karma y esas cosas, pero me dieron "par pelo" por las quince cervezas que creo me tomé.
Mi padre tenía una arquilla en la que guardaba sus papeles importantes. Allí metía el libro de familia, las escrituras de la casa, los papeles del banco, su cartilla de la mili y alguna foto amarillenta por el paso de los años.
Yo heredé esa arquilla y en ella tengo mis cosas de valor: el libro de familia, las escrituras de la casa, los papeles del banco, el librito de mi Primera Comunión, una libreta del Colegio Salesianos (con problemas de matemáticas con las preguntas escritas con bolígrafo rojo y las respuestas con boli azul), una caja de cerillas del Hotel Raphael de Roma dónde pasé la luna de miel, un intento de libro, las pulseras con las que mi hijo mayor y yo hicimos el Camino de Santiago...
Mi padre tuvo menos cosas en aquella arquilla, no por falta de ellas, sino porque no las necesitó para vivir, o porque no tuvo que guardar sus vivencias dentro de una caja de madera como hago yo ahora. Supongo que las archivaba en su cabeza, o en su corazón.
Iba, como decía Machado, ligero de equipaje, con lo puesto. Mi generación necesita recuerdos, objetos que amarren las emociones a una cosa, a algo físico que podamos tocar, porque, si no las guardamos, o peor aún, si las perdemos, tememos olvidar el momento que evoca el objeto atesorado.
Hace unos años, aproveché una tapa de la arquilla original para pegarle un trozo de madera que a diario, utilizo para escribir un rato sobre él antes de acostarme, o los días que me desvelo antes de tiempo, que son siete a la semana.
Sé que las cosas no tienen vida, pero siento a mi padre cada vez que toco la tapa reconvertida en escribanía, o abro la arquilla en la que guardó toda una vida de trabajo, en un puñado de papeles.
Manolo Martínez
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Decía Antonio Gala que una de las cosas que más le fastidiaban, era escuchar la monótona y cansina queja de la gente que se pasa la vida lamentándose sobre su sitio en el mundo.
Para tal mal, aconsejaba el escritor que cuando el trabajo, y los proyectos con olor a humedad, hacen de la vida, no una aventura, sino una rutina, nada más sano que tirarse a la vida. Apostar. Cambiar.
Pocas veces ocurre, pero es verdad que cuando algunos damos ese paso, acabamos señalados, como si hubiésemos delinquido.
Dice un proverbio oriental: «Cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo».
Y es que lo cómodo es sentarse al borde de nuestras vidas a verla pasar.
Expatriarse, de esa condena que es el hábito, te hace mejor, más generoso, más empático, acabas por entenderlo casi todo. La existencia no puede convertirse en un círculo sobre el que giramos como el asno en la noria.
Habitamos una misma casa, luchamos por trabajar en un mismo lugar que no se aleje de nuestra casa, frecuentamos los mismos bares, las mismas conversaciones…
Por esto, viajar, salir, cambiar, ausentarse, irse de uno mismo, es un regalo que todos debiéramos hacernos de cuando en cuando.
Puede que vivir dispuestos a levar anclas en cualquier momento, zarpar a diario, sea duro, pero vivir atracado es subsistir.
Manolo Martínez
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Internet ha existido siempre, puede que su formato fuese distinto, pero su función básica: recolectar, almacenar y difundir información, eso, lo hacían ya nuestras abuelas, cuando cabalgaban, por la noches de verano, en sus sillas de enea, que nacían en todas las aceras de nuestros pueblos.
No utilizaban teclados, ni ratones, para acceder a la información y navegar por ella. Su labia, y su cháchara, eran los dispositivos inalámbricos que le facilitaban el acceso a cualquier noticia o chisme. Todo lo que respiraba, y pasase a menos de diez metros de sus solios de enea, debía hacer una paradita, para, “descargarle” las novedades, a las guardianas de las aceras, quienes propiciaban, aquellos encuentros informativos, y confidenciales, con éste santo y seña:
— Buenas noches, fulanito, ¿cómo estás? Oye, ¿y tu padre?, hace tiempo que no lo veo, anda que no hemos jugado nada tu padre y yo…
Captada la presa, se procedía a la extracción de todos
los pormenores posibles.
Que si cuántos años tenía, en qué trabajaba, que si se casó, que si tenía niños, que dónde iba ahora…copiar y pegar, copiar y pegar, en su insaciable disco duro. Una vez exprimido el sujeto en cuestión, se le dejaba ir.
— Ea…, pues vaya usted con Dios. Hasta otro ratito. Buenas noches.
A partir de ahí, cualquier internauta (vecino, amigo, conocido o desconocido), daba la contraseña de acceso: — Buenas noches, ¿cómo estamos?, y tenían acceso inmediato a todos los informes, mensajes y datos recopilados. Como aún no existía el CD, nuestras abuelas utilizaban su propio formato, el rumor, muy barato por cierto, porque se podían regrabar cuántas veces se quisiera, y volvía a estrenarse.
En cuánto a las herramientas de tratamiento de textos, las tenían todas. Si querían darle importancia a la comunicación que iban a dar, en vez de negrillas, ó subrayado, bajaban la voz hasta el susurro, e introducían el mensaje, con la misma coletilla siempre:
— Mira, no se lo vayas a decir a nadie, por lo que más quieras, te lo digo a ti porque eres tú… no te has enterado de que…
Normalmente, la mayoría de las veces, la noticia era una barriga (que es como se le llamaba a los embarazos fuera del matrimonio). Entonces, el usuario, ó interlocutor, en vez de pulsar INTRO, para confirmar, exclamaba un: —¡No me digas….anda ya, mujé…¡
Terminado el proceso, la consulta telemática y eneática, se procedía a la desconexión. Nada de darle cien veces a escape, para abandonar la sesión, símplemente las abuelas se levantaban de su silla, y la arrastraban hasta la cocina, confirmando que estaban fuera de uso con un:
— Me voy pá dentro, que estoy bardá de las piernas.
Manolo Martínez
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Era mu chica, mu chica,
mu chica…, cuando se venía a mi casa a hacer los deberes, a dormir la siesta, a
comer, a estar con nosotros. Irene era una más de la familia, un regalo
inesperado que nos trajo una cigüeña en un vuelo corto desde la Tabernilla de
Aroca.
Ayer, veintitantos veranos después, nos ha invitado a su boda con Rafael, por cierto, ¡qué suerte has tenido Rafael!, te llevas lo mejorcito de la calle San Francisco.
Cada flor de aquel ramo escondía un puñado de risas, unas cuánta lágrimas, algunas confidencias, y la infancia de esta bióloga que nació para cuidar a todo el que esté cerca de ella: su Juani, su Elena, su Rafaé…
Qué boda más hermosa te inventaste ayer, Irene, digna de ti. Todos estuvimos en ella a gusto, porque tú haces que la gente esté cómoda a tu lado.
Ayer me vine sin decirte adiós, no por despiste, sino porque tenía que escribirte estas cuatro letras de agradecimiento, por hacer que todos nos sintiésemos “guapos” en tu boda, todos, hasta esos bichos llenos de luces que bailaron entre nosotros.
No te voy a desear que seas muy feliz, porque eso ya es un hecho, voy a ser egoísta, y te voy a desear que vivas muchos años para que sigas regándonos a todos los que pasamos por tu lado, de buen karma.
Vaya Rafaé lo que te llevas…que la disfrutes.
Hay cosas que,
aunque estén ahí, no sirven para nada, como, por ejemplo, las pelusas del
ombligo. Están porque hay ombligo, es decir, que sin ombligo no tendrían razón
de ser, ni sabrían dónde vivir.
Igual ocurre
con la gente que vive de la mentira, la que malmete, la que fabrica calumnias…,
estas “pelusas” existen porque hay “ombligos” (siendo ombligos aquellos que
trabajan, que compran a diario el pan con su faena, que ocupan su tiempo en su
briega, no en tergiversar la realidad, en fingir simpatías, en disfrazarse de
buena persona….cuidado, a menudo hay una patología detrás de tanta hipocresía).
El problema
nace cuando hay terceros que otorgan credibilidad a esas “pelusas del ombligo”,
bien por falta de criterio propio, o bien por no practicar esa imprescindible
medida preventiva que es comprobar si “lo que me dicen” se corresponde con “lo
que veo”.
Dejar con el
culo al aire al embustero, o embustera, al calumniador o calumniadora, no es
difícil, pero tampoco es fácil, porque, ¿conoces tú algún ombligo sin sus
pelusas?
Lo mejor es
sacar a estas "pelusas" de nuestras vidas, igual que desalojamos
nuestros ombligos con los dedos, haciendo bolitas con ellas para a
continuación, apoyando el anular en el pulgar, dispararlas a la nada. Que a
gusto se queda uno, y que lástima que haya gente que se deje manipular por una pelusa de nada.
Manolo Martínez
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—¡Rana! Una cuña de chocolate y dos cigarritos a cuenta.
Esta era la frase más repetida entre los bachilleres de finales de los años setenta en el Maese Rodrigo.
Ni las declinaciones de latín, ni siquiera el etiquetado de los bichos asquerosos (gusanos y ciempiés) con nombres inmemorizables (miriápodos, platelmintos...) eran tan reproducidos como aquel “Una cuña de chocolate y dos cigarritos a cuenta”
Lo que son las cosas. A “esto” que vemos en la fotografía ha quedado reducido aquel bendito "Ventorrillo del Rana", alfa y omega de nuestra pubertad.
Allí nos fumamos los primeros cigarros, allí el Rana nos tenía al día de quién le gustaba a la niña que nos gustaba, y allí, en aquel cachito de confesionario, ahora pintarrajeado, conversábamos con aquel hombre siempre asomado a su ventana-mostrador, sobre las cosas del mundo.
Ojú Rana, quien pudiera volver a pedirte una cervecita “fiá”, mientras nos dabas consejo sobre como trajinarnos a la más bonita de la clase con aires de media capita.
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Las cosas que hoy están dentro del
móvil (basta un clic y la tarjeta del banco de papá), antes se escondían dentro
de una palabra, esfuerzo.
Me contaba Antonio Domínguez, que
antes de ser profesor, tuvo que arrimar el hombro en su casa y, entre otras
cosas, ayudaba a su padre, que era panadero, a repartir el pan por las calles
de su pueblo.
Y en esas calles, y entre su
clientela, había una mujer a la que nunca le cuadraba el primer pan que Antonio
le mostraba del interior de las angarillas. Lo escudriñaba, lo manoseaba y lo
desterraba con un “éste no me gusta”.
Casualmente, también rechazaba las
dos piezas siguientes por distintos motivos (estaba demasiado prieto, estaba
demasiado blando o estaba descascarillado), de tal manera, que siempre elegía
el que le ofrecían en cuarto lugar. Por eso la bautizaron como "la mujer
del cuarto pan".
Lo que nunca supo aquella
quisquillosa clienta es que, hartos de sus manías, Antonio y su padre, urdieron
un plan para no toquetear todas las hogazas de las angarillas, cada vez que
aquella exigente señora se acercara a comprarles.
Primero, apartaban el pan que
querían que se llevase, en la angarilla de al lado, luego, simplemente se lo proponían en cuarto
lugar.
¿Cuántas personas del cuarto pan conocéis? Aquellas que no se conforman hasta manosear toda la mercancía (panes, afectos, deseos o intenciones), sin enterarse de que su elección está ya decidida, y apartada por la vida, para serles ofrecidas en cuarto lugar.
(Gracias, Antonio, por compartirme tus recuerdos)
Manolo Martínez
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No tengo ni idea de cuántas materias he suspendido, a día de hoy, en esta carrera que es la vida, pero seguro que han sido más de dos, por lo que tendría que repetir el año de pe a pa.
Y esa es mi demanda, repetir. Es lo justo. No debo pasar el año hasta que lo apruebe todo, aunque sea con un cinco raspón.
Tengo un amigo, J., al que quiero mucho, que dice que él no querría vivir otra vez lo mismo desde el principio, que le ha costado mucho llegar a donde está, y que patatín y que patatán.
Yo le porfío que a mí no me importaría repetir mi existencia, pero, no
sabiendo lo que sé, como dicen los antiguos, eso no tendría gracia.
No me importaría empezar de nuevo, aún a sabiendas de que algunas circunstancias vividas fueron como las matemáticas, incomprensibles, y que algunos momentos se hicieron interminables, como las declinaciones de latín, y aún así no me importaría repetirla de pe a pa, porque es tan hermoso y maravilloso esto de respirar, que ni los desengaños, ni los comentarios de textos, ni las injusticias, ni las calumnias de las lenguas viperinas…nada de eso me haría desistir de repetir la vida.
Vivir ad eternum, sin ser consciente de que estás repitiendo, claro está, ¿tú querrías?
Manolo Martínez
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