Dentro de veinte años, lamentarás más las cosas que no hiciste, que las que sí hiciste. Así que, suelta amarras y abandona el puerto seguro. Atrapa los vientos en tus velas. Explora. Sueña. Descubre.
Le pedí a mi hijo Ángel que
eligiera una fotografía de un viaje que hace unos semanas hicimos los dos a Madrid
y, por hache o por be, me dio ésta.
Me descolocó porque las teníamos
mejores: en la Gran Vía, en el Museo del Prado, en la Puerta de Alcalá, en el
Parque del Retiro…, y va y me dice que ésta es su
preferida.
— ¡Para el carro, Ángel!, pero si no se ve
nada en ella —le dije—,
sólo hay un árbol, un puñado de pisos,
nubes sin lluvia…, ¿y esa "lechemigá" vamos a enmarcar?
— Le
pones peros a todo, papá. Quiero ésta, para enmarcar lo que tú no ves —me contestó.
— La
madre que me. Si quieres que no te entienda, sigue por ahí —le repliqué ya tocado.
— Vas demasiado rápido siempre, papá, y sólo ves lo que ves. Escondidos en la fotografía, en la parte inferior, hay una pareja haciendo manitas, y fue a ellos a quien fotografié. Aquella pareja a punto de besarse era el contrapunto al caos de la gran ciudad, a los cientos de coches y personas yendo y viniendo, como hormigas, sin pararse ante algo tan único como un atardecer. Ellos sí se pararon.
Hoy, 28 de febrero, cumple Ángel veinte
años, y la elección de esa fotografía, y su argumentación, me garantizan que son
veinte los que cumple, por mucho que yo insista en seguir viendo al niño que mecía
en mis brazos hasta dormirlo.
Que sensación tan rara ésta de
pasar de profesor a alumno en el tiempo que dura una conversación.
Al principio
te sientes como cuando invitas a alguien a tu casa, y lo primero que hace, es
pasarle el dedo a los muebles.
Luego, lo entiendes, porque no
hay nada más hermoso, y saludable, que empecemos los padres a aprender de los
hijos.
Feliz cumpleaños, Ángel, y
gracias.
Manolo Martínez
Hazte seguidor, aquí abajo, de mi Tertulia "COMER,
BEBER y HABLAR"
Dicen que no hay dolor como el
del parto, salvo el que ha catado el del cólico nefrítico, o el que experimenta
un sevillista con cada gol del Betis y viceversa.
Dolores hay más que Lolas, pero, dicen
los sabios, que no hay nada tan doloroso como la lucidez, según lo cual, nadie
es tan feliz como un ignorante.
Y de ser así, ¿qué prefieres ser?,
¿un infeliz o un imbécil?
Difícil papeleta ¿verdad? ¿Tú que eliges?
Manolo Martínez
Hazte seguidor, aquí abajo, de mi Tertulia "COMER,
BEBER y HABLAR"
Como se está
en casa no se está en ningún sitio, y eso que las casas, de lo que están llenas
es de cosas: una mesa, un sillón, platos y cucharas, mantas, macetas…
Pero apenas
escarbas en cada una de esas cosas, aparecen sus dueños, y con ellos el alma de
las cosas.
El sillón no
es un sillón cualquiera, es el del padre, en el que se sienta cada noche para
descansar de la dura jornada, en el que tira números del negocio, que casi
nunca le cuadran, y en el que come con la familia, ve sus películas preferidas
y da cabezadas antes de irse a la cama.
Tampoco la
mesa es una mesa sin más. En ella hacían sus deberes los niños al llegar del
colegio, y al caer la tarde, planchaba sobre ella la madre, antes de que se
inventaran las tablas de planchar. En aquella mesa daba el padre un guantazo
seco cuando, a la hora de comer, empezaban los hermanos a porfiar, y si han
visto ustedes “El cartero siempre llama dos veces”, sobra que yo les detalle
para qué sirve la mesa cuando otros apetitos aprietan.
Aunque,
quizás, sean las macetas las cosas de la casa con las que más nos
identificamos. A ellas acudían nuestras madres para desahogarse y contarles sus
cuitas, y detrás llegaban los padres retirándoles con esmero, una a una, las
hojas muertas. Las abuelas llenaban sus tardes regándolas y los niños las
utilizábamos de postes para meter goles que casi siempre acababan con los
mejores geranios despeluchados y tronchados.
Busquen un
lugar en el que haya mesas, abuelos, sillones, padres, macetas, hijos y mantas.
Difícil, ¿verdad?, pues por eso decía que, como se está en casa no se está en
ningún sitio.
Manolo Martínez
Hazte seguidor, aquí abajo,
de mi Tertulia "COMER, BEBER y HABLAR"
En
cuánto se nos pone la papada fofa acuden las nostalgias, y murrias, para mentirnos con aquella falacia de que cualquier tiempo pasado fue mejor.
Entonces rebuscamos en los cajones de la memoria, como el que busca calcetines, recuerdos que nos hagan disfrutar, puro placebo.
Y no es difícil el engaño. Imagínate que quieres volver al
Mesón de la Reja de hace cuarenta años. No tienes más que entrar en el
Restaurante Chino que hay hoy, quedarte quieto y cerrar los ojos.
¿Lo ves? Ya tienes en la barra una tapa de riñones al jerez
y, en la mesa de al lado, media docena de hombres del campo haciendo tratos
entre manzanillas y cigarros.
Es
pan comido. Inténtalo otra vez. Ahora vamos a Casa
Gamero para comernos un huevo a la bechamel, ¿había algo más bueno que el huevo a la bechamel de Gamero?
En
esta ocasión tendrás que ir al banco BBVA de
la calle San Pedro, cerrar los ojos de nuevo…, et voilà, ahí tienes a Antonio preguntándote
qué vas a querer. ¿Qué voy a queré palangana?, un huevo a la bechamé.
Pero hay que retirarse a tiempo, como los buenos toreros, de ese entrar y salir del pasado, si no queremos que nos acabe royendo la alegría.
No merece la pena ese “erre que erre” de buscar momentos en blanco y negro, cuando ahora tenemos lo mejor que nadie pueda tener, presente.
Bueno…, la última chupadita al pasado, como dicen los niños cuando las madres les retiran el chupa-chups. Entre los riñones al jerez y el huevo a la bechamel, se nos ha presentado un dolor de barriga que necesitamos un galeno que nos alivie, así que nos vamos en busca de don Aurelio, o de don Manuel Márquez.
Para eso tenemos que entrar en la “Heladería de los Valencianos” en la plaza de arriba, cerrar los ojos y pedir la vez.
¿Os acordáis? Dónde hoy nos dan vainilla y fresa heladas pa las calores, antes nos despachaban, pa las fiebres, optalidón.
Ya está bien de nostalgias, haré como cuando éramos chicos, meterme los dedos en las orejas, para no escuchar más al pasado.
Manolo Martínez
Hazte seguidor, aquí abajo, de mi Tertulia "COMER, BEBER y HABLAR"
Seguro que es una broma de don Carnal que este
miércoles 14 coincidan el día de los enamorados y el miércoles de ceniza.
A
uno le falta el aire, se ahoga literalmente, cuando, después de salir de la
iglesia con la frente llena de ceniza, tiene que irse a la cena de los
enamorados. Pues la verdad, va uno con el cuerpo cortao.
Nos
arrancan de raíz el pito, de caña, y nos recuerdan con una cruz de ceniza que
estamos aquí dos días, y ya da igual que Cupido nos tire una docena de flechitas
que no nos da ni una, y si nos da, como si no nos diera.
Se
queja el angelito Cupido, con razón, que este año cada vez que se acerca a
alguien para apuntarle con la flecha, el objetivo huye despavorido porque
piensa que es el “tío de la guadaña” y no el que dispara las flechas del amor.
Tan ambiguo es este miércoles 14, que una misma palabra, polvo, tiene significados bien distintos atendiendo a si el emisor es Cupido o Caronte, porque si uno de los polvos conlleva goce, el otro barrunta pesadumbre por el temido, pero inexorable destino.
Porque no es lo mismo que el cura te recuerde “polvo eres y…”, que la media naranja se ponga melosa con la media docena de rosas que le has regalado y propicie un… ¿amoroso encuentro?
En fin, que dimita ya el autor del calendario de este año, porque vaya metedura de pata más grande. Deseandito que llegue el 15.
Manolo Martínez
Hazte seguidor, aquí abajo, de mi Tertulia "COMER, BEBER y HABLAR"
Carlos Perez Gil-Delgado ha tenido la generosidad de prestarme esta maravillosa
fotografía de Arjona, el fotógrafo del empaque,
Es de hace un puñado de años en la Finca Las Merinas, dónde
pastaba la ganadería de su abuelo, que luego pasaría a su padre, Arturo Pérez (el
de “La casa de don Arturo”, como todos le conocemos en Carmona).
Dada la maestría de Arjona, uno puede
escuchar el ratatá del tractor, y sentir que la vida va más despacio en el
campo.
Viendo a esos hombres, apostados
en un improvisado escenario de madera, observando al ganado, uno entiende que cualquier
briega del campo va unida al ritmo estipulado por la naturaleza:
LA CONTEMPLACIÓN, EL APRENDIZAJE Y LA ESPERA.
Todo cuánto nace o anda, entre
el cielo y el suelo, queda sometido a ellas. Aquí no hay que resolver un
logaritmo neperiano, sólo averiguar por dónde va a pegar el viento.
Desde las semillas a las vacas preñadas, todo queda amarrado a sus leyes: la lluvia, el viento, el sol y el tiempo necesario. Hay que esperar que llueva, y que el tiempo pase antes de que nazca el ternero.
No hay definición más hermosa del campo que la que hizo Thoreau:
“Levántate libre de preocupaciones antes de que amanezca y corre en busca de aventuras. Que el mediodía te encuentre a la orilla de otros lagos, y que cuando te sorprenda la noche halles por doquier tu hogar.”
Gracias, Carlos, tu fotografía me invitó a pararme, y esa inacción, es el barbecho del espíritu, imprescindible en los tiempos que corren.
(A mi padre, que deseó toda su vida tener un cachito de campo para respirarlo)
Manolo Martínez
Hazte seguidor, aquí abajo, de mi Tertulia "COMER,
BEBER y HABLAR"
Hace unos días ví al tío de la
tiza, aquel genio y pilar del carnaval de Cádiz.
Estaba solo, ensimismado mirando su mar.
Era él, estoy seguro, porque los
genios nunca mueren, aunque, como buenos carnavaleros, cambian su “tipo” cada
año, según les venga en gana.
Este año se ha disfrazado de
gaviota. Me ha dicho que es más cómodo para él, porque en época de bulla del
Carnaval, va y viene al Teatro Falla en dos aletazos.
Y que luego vuelve a extender las
alas y se planta en la terraza del Manteca, dónde, se mete tanto en el tipo,
que sólo pide tortillita de camarones.
Con dos aleteos llega a la calle
Columela, para recordar viejos tiempos, porque, justo en esa calle, estaba el
Café de la Lonja, en cuyas mesas de madera apuntaba con tiza las consumiciones, y de ahí le viene su apodo “el
tío de la tiza”.
Le dije a Antonio que estaba muy
bien para sus 163 años, nació en 1861, y le caería en gracia que empezó a
“largarme” de los tres pilares del Carnaval: Cañamaque, Paco Alba, y él mismo,
el “Tío de la Tiza”.
Me comentó, entre mil cosas más,
que el mejor enterrado de Cai es Manuel Falla, que está en la misma catedral,
pegaíto al mar, y no muy lejos de dónde encontraron los “duros antiguos”,
aquellos de los que compuso un tango que ha cantado toda España y parte de Cádiz.
Me ha preguntado que dónde se
come ahora bien, le he dicho que bien y barato en el Mini-Bar, que bien y menos
barato en el Manteca y el Faro, que bien, bueno y barato en el Mercado de
Abastos, pero él ha vuelto a su antiguo espacio, en La Columela, que también se come de lujo.
Nosabená el “Tío de la Tiza”.
En fin... me
tengo que ir "omío", que sale mi tren, ya echamos otro ratito y me
invitas a chicharrones del Curro en la plaza de abastos.
Manolo Martínez
Hazte seguidor, aquí abajo, de mi Tertulia "COMER,
BEBER y HABLAR"
Si parece que fue ayer cuando tenían una chupa dónde hoy tienen un cigarro.
Que vértigo.
Es como si viésemos pasar la vida por la ventanilla del AVE.
Cantaba el “Nano” que a menudo los hijos se nos parecen, dándonos así la
primera satisfacción, y que cargan con nuestros dioses y nuestro idioma,
mientras nosotros les transmitimos nuestras frustraciones sin dejar de darles
contínuas órdenes:
— ¡Niño…! Eso no se hace, eso
no se dice, eso no se toca.
Pues en dos telediarios, los de la chupa y el cigarro, le cambian el sujeto a la oración y pasan a decirnos ellos a nosotros:
— ¡Abuelo…! Eso no se hace, eso
no se dice, eso no se toca.
La vida.
A Alfonso, un buen compañero de trabajo y mejor persona,
que sin duda va a ser un gran padre.
Manolo Martínez
Hazte seguidor, aquí abajo, de mi Tertulia "COMER,
BEBER y HABLAR"
Concho,
qué susto me pegué la otra noche cuandobajé a
la cocina por un vaso de leche.
El
caso es que iba medio dormido, pero,
antes de acabar de bajar la escalera, vi a un perro sentado en el sofá del
salón.
Nunca
hubo perros ni gatos en mi casa.
Manuelita
fue el animal más grande con el que convivimos en casa durante unos años. Era
una tortuga que no medía más de diez centímetros, y se la regalamos a un amigo
que tenía campo.
Entonces,
¿de dónde coño había salido aquel chucho?
Ni
siquiera acabé de bajar. Subí corriendo la escalera para preguntarle a mi
parienta por aquella aparición perruna, y entonces me quedé helado cuando la vi
con nuestro hijo Pablo, riéndose los dos a carcajadas.
El corazón se me iba a salir por la boca, pero, ¿qué cené yo la noche anterior? Fue la primera pregunta que me hice. Un yogurt y un puñado de nueces, me respondí, conque de una mala digestión no podía ser aquella alucinación.
Volví a bajar la escalera, abrí la puerta y me acerqué al “guau”, a ver si se esfumaba el mal sueño al tocarlo.
¡Me cagüentó mis mulas…!, el perro de los cojones era un cojín de espuma, pero, tan bien hecho, que le faltaba ladrar.
Desde entonces toco a tó lo que me habla. Te lo digo, amig@, por si algún día mientras hablas conmigo, te paso la mano por el lomo.
Manolo Martínez
Hazte seguidor, aquí abajo, de mi Tertulia "COMER, BEBER y HABLAR"
José María Cabeza Méndez inauguró el año de tertulias de “Comer,
Beber y Hablar”.
En la mesa le acompañaron el
Concejal de Cultura, Cultura, Turismo y Patrimonio Histórico, Ramón Gavira
Gordón, los curas
párrocos Sergio García (San Antón) y Antonio Ceballo (San Pedro),
y Francisco Perea, Presidente
del Consejo de Hermandades.
El resto de la tertulia estaba compuesta por los hermanos mayores, y representantes, de todas las hermandades de Carmona.
El encuentro tuvo lugar en el Parador de Carmona gracias a su director, Félix Lobo, a quien le damos la bienvenida, no sólo a la tertulia, sino a Carmona, a la que se ha incorporado recientemente.
José María Cabeza, nos abrió el apetito regalándonos una primicia: la proyección, acompañada de textos, que él mismo leyó, presentada al Consejo de Patrimonio de España y que finalmente aprobó la inclusión de Carmona en la Lista Indicativa.
Tras la proyección se abrió una tertulia muy participativa entre todos los presentes, esbozándose la necesidad de futuras reuniones, que el mismo Concejal, Ramón Gavira, ofreció, para establecer unas líneas maestras para lo que José María viene reclamando desde hace tiempo:
Y es que esta candidatura sirva,
por encima de todo, para que los carmonenses nos sintamos moradores de nuestra
ciudad, y por lo tanto hagamos frente común para la conservación de nuestro
patrimonio, que no debe ser dejado, única y exclusívamente, en manos de la Diócesis
ni de los gobiernos municipales, porque ambas entidades necesitan la implicación de todos
los ciudadanos para llevar a buen puerto la conservación de nuestro patrimonio.
Según José María Cabeza:
“La situación que se aprecia en el estado físico del conjunto de iglesias carmonenses, unas más degradadas y otra menos en función “solo” de la voluntad individual o corporativa de los usuarios, nos conduce a plantear una reflexión pública sobre el mantenimiento de ese importante legado arquitectónico de nuestros antepasados que ahora a nosotros nos corresponde conservar.
Para garantizar el acierto en estas operaciones se debe de partir desde la premisa: conocer para intervenir y para ello se pueden justificar unos criterios de intervención atendiendo a los múltiples registros y a la complejidad del templo a través de sus diversos valores. Las primeras consideraciones operativas a tener presente antes de iniciar un programa de conservación son:
- El conocimiento de los elementos preexistentes en su forma, composición y estado
- La importancia de un correcto diagnóstico a partir de la información obtenida en el apartado anterior.
En esa información se analizarán aspectos tan esenciales como: Ubicación. Tipología constructiva y composición material. Antigüedad. Usos. Estado. Valoración social. Estatus legal. Destino. Disponibilidades técnicas. Marco económico, etc.
A su vez se han de valorar por los responsables de la propiedad, administración municipal y usuarios, conceptos tan básicos en el mantenimiento de los edificios, como: Mantenimiento correctivo: Renovación y reparación. Mantenimiento preventivo: Sistemático y condicional.as
Gracias, José María, por tu generosa entrega a todo lo relacionado con el patrimonio de Carmona, y muchas gracias, por haberme dado la oportunidad de conocerte un poco, entre tés verdes y alguna manzanilla, lo suficiente para llevarme la certeza de que he estado charlando con una persona extraordinaria, que igual me ha hablado con pasión de su profesión, que ha compartido conmigo la afición de ambos por escaparnos, de cuando en cuando, al norte de España para respirar algo de frío.
No entiendo por qué va la gente a
Turquía a buscar pelo, teniendo aquí al Chami.
Este saetero de postín podría
hacerse rico si le pusiera precio a su pelambrera.
Fíjense bien en ella, por favor,
no le cabe un cabello más entre pelo y pelo. Es impresionante, espesa como un
guiso de habas, y “apretá”, como el cante “jondo”.
El pelo del Chami no necesita
acompañamiento, como le pasa a sus saetas, porque su mata de pelo va sola, agua
y peine, como los niños de antes.
Chami, cojones, hazte donante de
pelo, que al precio que están los trasplantes capilares, tienes, encima del
pescuezo, pa comprarte un cortijo más grande que el de Morante, otro que
también va sobrao…, cagüen dié…, que suerte tiene la gente, unos tanto…
Manolo Martínez
Hazte seguidor, aquí abajo, de mi Tertulia "COMER,
BEBER y HABLAR"
Cuarenta y cinco años antes de Cristo, con sesenta recién cumplidos, Cicerón se divorció de su mujer para casarse con una mucho más joven, que luego le dejaría a él, cuando la vejez pasó a chochez.
Ocurre todos los días dos mil años después.
Paradójicamente, fue el mismo Cicerón, el que escribió que “la mejor cosecha de la vejez es la del recuerdo de las buenas acciones”. Curioso. No sabemos si la reflexión le alumbró al ser dejado, o cuando él dejó.
Cuando has jugado ya los primeros cuarenta y cinco minutos del partido, y saltas al terreno para jugar el segundo tiempo, plugiera a Dios que tuvieras tus fuerzas intactas, pero biológicamente es imposible.
Estamos programados, como los lavadoras nuevas, para durar un tiempo.
Tienes que asumir esa obviedad, so pena de convertirte en Isabel Preysler, o en Carmen Lomana, que uno ya no distingue cuál de las dos habla, porque tienen el mismo timbre de voz, porque se han estirado hasta las cuerdas vocales.
Hay que jugar el segundo tiempo con dignidad, no con la ilusión de ganar, porque en esta historia no hay nada que ganar, ni que perder, en este juego de la existencia, se trata de aprender.
Y ya está. Si es muy fácil. Se trata simplemente de que lo que digas se pueda casar con lo que hagas. Si no habría que hacerte una lobotomía.
Manolo Martínez
Hazte seguidor, aquí abajo, de mi Tertulia "COMER, BEBER y HABLAR"
Parece mentira, con lo feo que es
un ombligo, y el tiempo que pasamos mirándonoslo.
Es tanta la fascinación que nos
produce contemplárnoslo, que podríamos decir que somos un hombre a un ombligo
pegado, y en ocasiones ni siquiera queda sitio para el hombre.
C. Pavese decía que llegamos a
creernos que todo aquello que nos ocurre a nosotros mismos, es extraordinariamente importante,
por el simple hecho de que nos sucede a nosotros, porque si la circunstancia en cuestión la sufren los demás, ya nos encargamos de achicar su trascendencia.
Hay que ver cómo somos...
¿Qué tiene el ombligo, que no es
más que una cicatriz redonda en mitad de la barriga, para hacer estas dobles lecturas?
Somos egoístas, ególatras, chauvinistas... por naturaleza. Igual es un mecanismo de supervivencia, y seguimos existiendo como especie por ese sólo pensar en nosotros mismos.
Ustedes ¿qué creen?
Manolo Martínez
Hazte seguidor, aquí abajo, de mi Tertulia "COMER,
BEBER y HABLAR"
Uno se resiste a que se acaben
las cosas, sobre todo cuando amamos esas cosas: una reunión de amigos, la
lluvia bailando despacio antes de mojar el suelo, el arroz con pollo que hace
tu madre, los reencuentros, los días sin despertador, los regalos…
Por eso, observando esta
bellísima fotografía de José María
Montero Alcaide, uno no quisiera que se marchase la navidad, porque detrás
también se irá el bendito frío, las luces de colores que visten las calles, los
mantecaos, las películas con manta, el semidulce…
Pero, sobre todo, se llevará con
ella la sensación de que todos intentamos ser mejores este puñado de días,
aunque sólo sea por no desentonar.
Me viene a la memoria un libro
que Cicerón escribió cuando tenía 60 años, “El arte de envejecer”, y puede que
la navidad sea eso, la etapa final, la vejez del año, los días en que
necesitamos pararnos para llegar al final de la cuesta apoyados en ese
necesario bastón que es la reflexión.
Como dicen los rocieros, ya sólo
quedan 364 días para volver a verla. Feliz año a todos.
Manolo Martínez
Hazte seguidor, aquí abajo, de mi Tertulia "COMER,
BEBER y HABLAR"
En invierno salimos de las calles
para meternos en las casas, y es que andamos tan faltos de frío y lluvia, que
en cuánto la navidad nos regala cachitos de mal tiempo, buscamos el abrigo de
la mesa camilla.
Estos días de invierno son tan
escasos que se nos escapan de las manos, como cuando cogemos el agua a puñados
para lavarnos la cara. Por eso nos echamos en brazos del frío como de una
amante a la que sabemos que sólo disfrutaremos hasta que decida dejarnos.
Y es, en ese recogernos del mundo,
donde nos arrimamos a nuestras dudas, como cuando nos pegamos a la camilla y
nos echamos las naguas sobre las rodillas para caldearnos.
Que en casa se está como en
ningún sitio no es un dogma. Hay gente a la que se le cae el techo encima, para
gustos los colores.
Pero si eres de los que estás a
gusto en tu nido, no hay cortijo más grande que ese pedacito de cielo.
FELIZ AÑO A TODAS LAS PERSONAS DE BUENA VOLUNTAD.
Manolo Martínez
Hazte seguidor, aquí abajo, de mi Tertulia "COMER, BEBER y HABLAR"
Los últimos días del año
cacareamos pero no ponemos huevos, es decir, nos prometemos “sempiternum”, pero
no cumplimos nunca, los clásicos:hacer ejercicio,
comer saludable, pasar más tiempo con la familia...
Y es justo ahí dónde nace el
grosero título del presente texto, porque no hay expresión en español, ni
locución latina, que exprese, concrete y exponga, de forma más precisa, lo que
uno siente cuando descubre en la solapa de la agenda, año tras año, la misma
retahíla de intenciones quebrantadas.
A Dios pongo por testigo que jamás
consumé ninguna. No he dejado de fumar, en la vida me he apuntado a clases de
inglés, ni siquiera he intentado ser empático con quién no me cae bien, como
mucho le sonrío con la boca, pero nunca con los ojos.
No sé lo que es una cena frugal, es más, no sé lo que significa frugal, y por si fuera poca mi desgana, no conozco lo que es invocar a la suerte en nochevieja jalándome una uva por campanada, siempre lo hago con conguitos. Puede que sea ahí dónde se tuerza todo.
Pero qué coño, si es que desde niño nos obligan a pasar por el aro de llegar a una meta, y luego otra, y otra más: aprender a chiflar, sacar mejores notas, recoger la mesa, o echarle cojones para decirle a la vecina que es la más guapa del barrio.
Se nos ha ido media vida pidiendo prórroga al final del partido, excusándonos “ad eternum” de que noventa minutos no son suficientes para meter un gol.
A tomar por culo la Champion, tanto propósito, objetivo y aspiración. Es más sano vivir sin más, sin tantos anhelos y obligaciones.
Vivir y punto, y para eso solo se necesita una única cosa, y ese va a ser mi solitario deseo para ese que ya asoma las orejas, el 2024, y es seguir vivo.
Manolo Martínez
Hazte seguidor, aquí abajo, de mi Tertulia "COMER, BEBER y HABLAR"
La distancia entre el desengaño y
la esperanza, entre la serotonina y el cortisol, es la misma que recorre
tumirada entre el careto de Chicote y
el descote de la Pedroche.
Esa es la frontera que separa un
año de otro, la que descose tu realidad de tus deseos, la misma linde que
retira lo que has vivido de lo que te queda por vivir, la raya que divide lo
conocido de lo velado, una simple uva, con o sin pepita.
No es el Everest. No tienes que
escalar ocho mil metros para llegar del 2023 al 2024, ni siquiera tienes que
cruzar a nado un océano para pasar de diciembre a enero.
Ese vasto desierto, lleno de
arena y miedo, no es más que un tic-tac.
Un segundo, un tic-tac, la última
calada a un cigarro, y la Pedroche, hacen que el tiempo en que has “cargado” tu
esófago con doce uvas sin que lleguen al estómago, llegues a pensar que este
año, que aún se está desperezando, te vas a comer al mundo.
Crucemos los dedos para que no sea el mundo el que nos coma a nosotros.
Manolo Martínez
Hazte seguidor, aquí abajo, de mi Tertulia "COMER,
BEBER y HABLAR"
Todos los años, la víspera de
nochebuena, el primo Rafael le regalaba a mi padre dos pollos de campo, de esos
que se criaban con las sobras de la comida.
¡Que caldo hacían aquellos pollos!
Quizás fuera porque tenían las “carnes hechas” de correr en el labrantío para
componerse un “big mac” de lombrices.
Nada que ver con el “agua sucia”
que sale ahora de los pollos de granja engordados a base de pienso y
sedentarismo, pues como nosotros.
Lo mismo ha pasado con las nochebuenas, hemos pasado de las nochebuenas a las “buenas noches que no vuelvo hasta mañana”.
Las de antes empezaban con una copita de aguardiente hasta la raya roja, una hojaldrina Mata y veinte personas alrededor de la mesa: abuelos, padres, tíos, primos y la tita viuda o solterona.
Debajo de un rodete blanco, la abuela iba y venía de la cocina arrimando platos de jamón, gambas y otras tonterías, mientras Raphael, en blanco y negro, cantaba “El pequeño tamborilero” haciendo todas las cucamonas posibles con sus manos y arrollando con su torrente de voz.
Que nochebuenas más buenas aquellas en las que tres tiritas de plata mal puestas en un árbol de navidad más chico que grande, era el mejor decorado de nuestra infancia.
Al final de la cena todos encendían un puro de los sobrantes de las bodas, o un Celta sin boquilla, mientras el tito de siempre, agarraba una cuchara para rascar la barriga llena de arrugas de una botella de anís “La Castellana”, intentando cantar, mu malamente, “beben y beben… y vuelven a beber”, aunque él único que no paraba de tragar era él.
Manolo Martínez
Hazte seguidor, aquí abajo, de mi Tertulia "COMER,
BEBER y HABLAR"
No sé quién, ni cómo, pero me han robado tiempo. Hace más de 30 años, cuando aún se veían bicicletas con matrícula, cuando nevaba en nuestro pueblo, yo perseguía ocupaciones que llenaran mis horas. Hoy estoy a la caza y captura de cualquier minuto que atienda mis obligaciones. No sé si fue una decisión política, un fenómeno atmosférico o una causalidad coyuntural, pero los días empezaron a menguar de forma inesperada, sin avisar.
Hoy la vida fabrica rapidez, tanta que nos ha extirpado rituales tan banales como hermosos. Por ejemplo, el arte de encender un cigarro con cerillas. El protocolo establecía una seductora normativa, cada vez que una bonita chica nos pedía lumbre. Primero ese meneo insinuante al que sometíamos a la rectangular cajita para que nos chivara si aún quedaban cerillas en su interior. El sonido que producía el choque de los fósforos entre sí, nos daba el visto bueno. Entonces abríamos la caja con mimo, como si estuviésemos deshaciendo la cama, cogíamos una cerilla, sin retirar la mirada de la doncella, y luego, el súmun, esos dos o tres roces sobre la pequeña lija hasta que la cabecita, blanca o roja, ardía. Entonces, ahuecábamos las manos, cobijábamos la llama, y la acercábamos, con tanto cuidado como placer, a la cara de aquel ángel con falda tableada y calcetines hasta la rodilla. Saldábamos aquel pasional encendido con el soplo. Un soplo medido, el justo para extinguir la llama a la primera, pero sin que despeinásemos a la casta muchacha. Y pensar que todo esto se ha cambiado por un
-¡ Quillo...dame fuego!, (y el quillo, sin mirarla, saca un encendedor de 60 euros y se lo arroja al ¿angel con falda tableada? )
No, ahora es satán, sin tableado y sin falda, y con tantos agujeros en la cara por los piercings, que el humo de cada calada ,se les sale por el rostro, antes de alcanzar los pulmones).
Hemos arrinconado la magia de las cerillas, como hemos olvidado aquella manera de buscar música en los receptores de radio, desescombrando sonidos y gorgoteos al girar los botones, hasta que, el acierto del azar, hallaba la melodía, y con ella nuestro gozo. Y ahora me asusto porque antes de pulsar ya suena la canción en ese tercera oreja que nos han injertado con nombre de virus: emepetrés. Joder, ese nombre no es cristiano, algo raro esconde.
En apenas tres décadas, hemos pasado de compartir la tarde con los Chiripitiflaúticos, de torear coches en las empedradas calles, y de perseguir al género femenino en forma de vecina, a trabajar , laborar y bregar. Cuando por fin alcanzamos a la vecina, unimos nuestras vidas como una sinalefa. Desde entonces, nuestras noches se colman de pañales y de bañeras, que al rebozar, nos ponen el suelo perdido de espuma y niños por igual. Nos han cambiado a Locomotoro y al Tío Aquiles, por un señor, con el que pasamos más horas que con nuestras mujeres, a cambio de un puñado de euros a fin de mes. Y para colmo, perdimos la afición al arte de Cossío. Ya no toreamos coches, ahora los compramos. Son negros bragaos y astifinos, y todos los meses nos buscan y nos clavan el pitón en la entrepierna de la cuenta corriente. Yo llevo 48 cornadas de un Peugeot, y no sé, si me quedará sangre para las 24 que me restan. El director de mi banco dice que sí, que él me hace las transfusiones que necesite. ¡Qué bueno y des-interesado es! Pero lo mejor viene, cuando al salir del trabajo y llegar a casa, nuestras mujeres, se han hecho con el poder legislativo, cediéndonos, generosas, el ejecutivo. Un poeta, de Granada, nos saca las castañas del fuego, y nos descubre al ladrón de bicicletas con matrícula, al autor del hurto temporal, y lo desenmascara al concluir:
“Nuestras vidas, son los sobres que nos dan por trabajar, que es el morir”.
Ahora te comprendo, Peter Pan, por no querer hacerte mayor. Por eso voy a ponerle a mi bicicleta una matrícula, de las de antes, a ver si consigo, al pedalear matriculado, encontrar el atajo que me devuelva a aquellos años.